Diseñando el Desastres

El Semáforo del Pánico

Entrando en las últimas semanas, la paranoia de Julián llegó a su límite. Instaló un sistema de luces LED en el pasillo principal que conectaba con un reloj biométrico en la muñeca de Mía.

  • Verde: Todo normal.
  • Amarillo: Mía tiene un antojo o un dolor de espalda ligero.
  • Rojo: ¡ EMERGENCIA! Parto inminente.

El problema es que el sistema era demasiado sensible. Una tarde, Mía simplemente estornudó con fuerza mientras subía las escaleras. El semáforo se puso en rojo instantáneamente, las sirenas de la mansión (conectadas por Luka) empezaron a sonar y el helicóptero de seguridad encendió motores.

El semáforo en el pasillo se puso en rojo brillante tras el estornudo de Mía. Las sirenas de la mansión empezaron a aullar y Julián bajó las escaleras tropezando con una maleta de diseño.

—¡Mía! ¡Ya viene! —gritó Julián, pálido—. ¡Oliver, llama al Jefe de Obstetricia! ¡Llama al alcalde para que despeje las calles! ¡Que alguien llame a la policía para que nos escolte!

Julián estaba tan fuera de sí que empezó a marcar números al azar en su teléfono, confundiendo la app de la pizzería con la del hospital.

—Julián, mírame —dijo Mía, cerrando el semáforo con un mando a distancia—. Ha sido un estornudo. Si vuelves a activar esa sirena, te juro que la niña nacerá en casa de mis padres y tú no tendrás la llave.

Julián se sentó en el suelo, abrazado a un paquete de pañales, mientras Leo lo grababa desde la esquina con una sonrisa malvada. —Buen tiempo de respuesta, Julián. Pero el pánico te quita puntos de estilo.

Faltando dos semanas para la fecha probable de parto, Mía y Paz decidieron que necesitaban una última cena de paz (valga la redundancia) fuera de los muros de la mansión. "Nada de hombres, nada de bebés, nada de leyes", sentenciaron.

Julián y Oliver, convencidos de que eran indispensables para la supervivencia de sus esposas, decidieron seguirlas en secreto. Se disfrazaron con gabardinas, sombreros y gafas de sol, pareciendo personajes de una película de espías de bajo presupuesto.

—Oliver, agáchate, están pidiendo el postre —susurró Julián tras una planta en el restaurante. —Julián, estamos en una mesa a tres metros de ellas. El camarero ya nos ha preguntado dos veces si queremos el menú infantil —respondió Oliver, tratando de ocultar su rostro tras una carta de vinos.

El desastre ocurrió cuando Bastián, que realmente estaba vigilando por orden de Paz, los confundió con acosadores reales. En medio del restaurante de lujo, Bastián les hizo una "llave de inmovilización" y terminó llamando a la policía local. Las chicas tuvieron que pagar la fianza de sus propios maridos mientras cenaban tarta de chocolate.




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