Dos horas después, la sala de espera de maternidad estaba en silencio. Oliver, ya más calmado, caminaba de un lado a otro esperando noticias de Paz. De repente, las puertas automáticas de urgencias se abrieron de golpe con un estruendo.
Apareció Julián, pero no era el hombre elegante de hace dos horas. Llevaba el pijama puesto del revés, una zapatilla de casa y un zapato de vestir, y cargaba a Mía en brazos mientras gritaba como si estuviera en medio de un bombardeo.
—¡Abran paso! ¡Emergencia de nivel artístico! —chillaba Julián, tropezando con una camilla—. ¡Mía ha hecho un ruido extraño! ¡Creo que la niña está intentando salir por su cuenta! ¡Oliver, ayúdame! ¡He olvidado cómo se respira!
Oliver lo miró de arriba abajo, cruzándose de brazos con una sonrisa de victoria absoluta. —¿Qué pasó con la "calma estética", Sterling? —preguntó Oliver—. Pareces un extra de una película de terror de bajo presupuesto.
—¡Cállate, Thorne! —sollozó Julián, mientras los enfermeros se llevaban a Mía—. ¡El semáforo se puso en rojo y mi cerebro se desconectó! ¡He conducido por la acera tres manzanas!
El hospital se convirtió en un campo de batalla de nervios. Leo y Valeria llegaron para encontrar a Oliver intentando calmar a un Julián que insistía en que el hospital necesitaba una reforma estructural inmediata porque el color de las paredes "iba a traumatizar el sentido del color de su hija".
Finalmente, el silencio se rompió con dos llantos casi simultáneos.
Primero, el de Bastian Justiniano Thorne. Oliver entró a la sala y, al ver a su hijo, se olvidó de las leyes. El bebé era la viva imagen de la determinación. Poco después, nació Artemisa Sterling. Cuando Julián entró, todavía temblando, y la vio en brazos de Mía, se quedó mudo. La niña tenía una elegancia natural incluso envuelta en una manta de hospital.
El momento más bizarro ocurrió en la sala de observación. Oliver y Julián estaban frente al cristal, mirando a sus respectivos hijos. —Mira al mío, Julián —dijo Oliver con orgullo—. Ya tiene el ceño fruncido. Está redactando su primera demanda contra el obstetra.
—Pues mira a la mía —replicó Julián, recuperando un poco de su ego—. Ha rechazado el chupete de plástico porque el diseño no era ergonómico. Definitivamente, Thorne, tu hijo va a tener problemas para estar a su altura.
Napoleón, que se había colado en el hospital siguiendo el rastro de la familia, asomó la cabeza por el cristal, dejando una enorme mancha de baba justo entre los dos bebés.
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Editado: 22.04.2026