Tres días después, la mansión Ferrer recibió a los nuevos integrantes. El problema fue que Napoleón decidió que él era el jefe de seguridad de la guardería. Se tumbó en el pasillo, justo entre las habitaciones de los bebés, y empezó a gruñir suavemente cada vez que Julián intentaba pasar con sus herramientas para "ajustar la iluminación".
—¡Napoleón, soy yo! ¡Tu dueño secundario! —susurraba Julián. El perro ni se movió. Solo aceptaba el paso de las madres y de la abuela Juliette.
—Parece que el perro tiene más criterio que tú, Julián —rio Leo, pasando por encima del San Bernardo como si nada—. Él sabe que si te deja entrar, vas a terminar instalando un sistema de sonido envolvente que no dejará dormir a nadie.
La organización del bautizo doble se convirtió en una guerra de conceptos. Julián, recuperado de su colapso en el hospital, decidió que la pequeña Artemisa no podía ser bautizada en cualquier lugar.
—¡El Museo de Arte Contemporáneo! —exclamó Julián—. He diseñado una fuente bautismal de cristal soplado que imita la caída del agua en los Alpes. El regalo de bautizo será una mini-mansión de juegos bañada en pan de oro.
Oliver, por su parte, apareció con una carpeta de cuero. —Mi hijo tendrá una ceremonia sobria en la capilla privada de la familia Thorne. Y su regalo es un fondo de inversión bloqueado en Suiza que le garantizará la jubilación antes de que aprenda a gatear.
Mía y Paz decidieron que ya era hora de volver a Selene Global para una reunión estratégica con inversores de Dubai.
—Los hombres se quedan a cargo —sentenció Paz—. Es hora de que demuestren que pueden manejar un "proyecto" que llora y hace caca.
La reunión en el piso 50 de la torre Selene iba de maravilla hasta que la puerta se abrió de golpe. Entraron Julián y Oliver, cada uno con una mochila portabebés de diseño. Los bebés habían decidido coordinar sus pulmones para una protesta masiva.
—¡Perdón! ¡Es un caso de fuerza mayor! —gritó Julián, intentando acunar a Artemisa mientras señalaba un plano—. Como ven en el ala norte... ¡Artemisa, por favor, el inversor nos está mirando!
Oliver intentaba calmar a su hijo mientras leía un contrato. —Señores, el punto 4.2 dice que... ¡Bastian Justiniano, suelta mi corbata!
Los inversores de Dubai, lejos de molestarse, empezaron a reír. Ethan, que estaba sentado al fondo, observaba a Alice (que se había colado para ayudar con los bebés) mientras ella dibujaba un boceto rápido de la escena en una servilleta. Ethan se acercó a ella.
—Dibujas muy bien —le susurró—. Aunque técnicamente estás usando propiedad intelectual de la empresa al dibujar en esa servilleta con el logo. Alice le sonrió con picardía. —¿Vas a demandarme, abogado? Dijo Alice en un susurro timido, —Tal vez... o tal vez solo te pida que me enseñes el dibujo —respondió Ethan, sintiendo un cortocircuito en su lógica jurídica.
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Editado: 22.04.2026