Mientras ayudaba a limpiar el estudio de Ethan tras una larga noche de trabajo, Alice encontró un cuaderno oculto bajo una pila de códigos civiles. No eran notas legales, sino relatos cortos y poemas que Ethan escribía para desahogar la presión de ser un Ferrer.
Alice, con el corazón latiendo a mil, se llevó el cuaderno. Durante una semana, pasó sus noches en vela ilustrando cada poema con sus dibujos dulces y melancólicos. Cuando Ethan llegó a su despacho el lunes, encontró un libro encuadernado a mano sobre su escritorio.
Al abrirlo, vio sus palabras rodeadas por el arte de Alice. Una de las ilustraciones mostraba a un hombre de traje gris caminando hacia un jardín lleno de pecas de colores. —Ella lo sabe... —susurró Ethan, sintiendo que sus defensas legales se desmoronaban por completo.
Julián organizó una subasta de beneficencia para la fundación Selene. Alice, animada por Ethan, donó la ilustración original de su cuento más querido: El conejo que no sabía saltar.
—¡Empezamos en mil euros! —anunció el subastador. —¡Diez mil! —gritó Julián, solo por molestar. —¡Veinte mil! —intervino Oliver, queriendo apoyar a su prima. —¡Cien mil euros! —Sentenció Ethan, levantando su paleta con una mirada que no admitía réplicas.
El salón quedó en silencio. Oliver se acercó a su amigo, sospechando por fin. —Ethan, es un dibujo de un conejo. ¿Qué estás haciendo? —Estoy comprando el derecho a que nadie más posea la esencia de la persona que escribió este cuento —respondió Ethan sin apartar la vista de Alice, que estaba roja como un tomate detrás de una cortina.
Leo, observando todo desde el bar, le dio un codazo a Valeria. —El abogado acaba de declarar su amor en moneda extranjera. Esto va a ser más caro que el divorcio de los Vanderbilt.
Tres meses después del nacimiento, Mía sentía que sus pinceles la llamaban a gritos. La mansión estaba llena de llantos y pañales, pero ella necesitaba el olor a trementina. Un día, escapó al ala oeste, donde tenía su estudio privado, solo para descubrir que Julián lo había convertido en una "zona segura de estimulación temprana" llena de alfombras de goma y juguetes educativos.
—¡Julián Sterling! —rugió Mía, apartando un gimnasio para bebés de un manotazo—. ¡Has puesto un sonajero sobre mi lienzo de la serie de Florencia!
Paz entró justo detrás, cargando a su hijo en un fular de seda negra, luciendo impecable pero con una chispa de fuego en los ojos. —A mí me ha pasado lo mismo, Mía. Oliver ha llenado mi oficina de archivadores con la "planificación universitaria" de nuestro hijo. ¡Tiene tres meses y ya sabe en qué bufete va a hacer las prácticas!
Las dos amigas se miraron. No necesitaban palabras. Era hora de una intervención.
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Editado: 12.05.2026