La puerta de la mansión se abrió y aparecieron los dos hombres, cubiertos de hojas secas, con las barbas crecidas de dos días y los bebés riendo a carcajadas, felices por la aventura.
Mía y Paz los recibieron con una sonrisa impecable y una copa de vino en la mano. —¿Cómo fue el retiro, chicos? —preguntó Mía con ironía.
—Fue... iluminador —logró decir Julián, desplomándose en el sofá—. He decidido que la naturaleza está sobrevalorada. El diseño urbano existe por una razón: para alejarnos de los bichos y el frío.
Paz se acercó a Oliver y le quitó una rama del pelo. —Me alegra que estés de vuelta, amor. Porque Mía y yo acabamos de firmar el inicio del proyecto más grande de nuestras vidas. Y adivina qué... no necesitamos vuestra firma para nada.
Ethan, que pasaba por allí con Alice (quien llevaba una mancha de pintura en la nariz), se detuvo a observar el cuadro. —Bienvenidos al nuevo orden mundial de los Ferrer —rio Ethan—. Alice y yo nos encargaremos de las ilustraciones y los contratos... bajo las órdenes de las jefas, por supuesto.
Mía y Paz se acomodaron en los asientos de cuero del jet privado, disfrutando de un silencio que valía oro. Lo que no sabían era que, tras la mampara del área de equipaje, Julián y Oliver se habían instalado entre las maletas de diseño y los carritos de los bebés.
Habían sobornado al personal de pista para entrar antes, argumentando una "auditoría de seguridad sorpresa". Se habían sentado sobre unos baúles de carga, rodeados de mantas térmicas y con un monitor de bebé portátil para escuchar lo que pasaba en la cabina principal.
—¿Ves, Oliver? Aquí tenemos espacio para estirar las piernas y vigilar el radar —susurró Julián, acomodándose sobre una maleta de Louis Vuitton—. Como arquitecto, te digo que la acústica de esta bodega nos permite oír hasta sus pensamientos.
—Yo solo espero que la presurización sea la adecuada para mi rinitis —respondió Oliver, revisando su cronómetro—. Según mis cálculos, Mía y Paz ya han pedido el segundo café. Es el momento de salir.
A mitad del vuelo, cuando Mía fue a buscar un abrigo al área de equipaje, se encontró con los dos hombres sentados en el suelo, comiendo barritas energéticas y rodeados de cajas de pañales.
—¡Julián! ¡Oliver! —exclamó Mía, entre la indignación y la risa—. ¿En serio han viajado en la bodega de carga como si fueran equipaje no acompañado?
—¡Es escolta táctica, Mía! —se defendió Julián, levantándose con la espalda entumecida—. No podíamos dejar que el proyecto más importante de Juliette quedara sin supervisión masculina... aunque sea desde la bodega.
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Editado: 12.05.2026