Diseñando el Desastres

El Picnic de la Victoria (y el Desastre de los Bebés)

Para celebrar el avance del proyecto de Mónaco y el contrato de Alice, las tres parejas se reunieron en los jardines de Selene Global. Paz y Mía estaban relajadas, compartiendo confidencias sobre el nuevo proyecto, mientras los hombres intentaban organizar un "picnic perfecto".

Julián quería que los sándwiches tuvieran una disposición geométrica exacta, mientras Oliver calculaba la trayectoria del sol para que las mantas estuvieran siempre a la sombra perfecta.

—¡Oliver, el pequeño Leo Justiniano se ha llevado una pieza del juego de ajedrez a la boca! —gritó Julián. —¡Y Artemisa está usando tu bufanda de seda como manta para el perro! —replicó Oliver corriendo tras ella.

Mía y Paz se reían mientras observaban el caos. —Mira a esos dos —dijo Mía, apoyando la cabeza en el hombro de Paz—. Son los hombres más poderosos en sus campos, y un bebé de diez meses los tiene al borde del colapso.

—Es el equilibrio, Mía —respondió Paz—. Nosotras construimos el imperio, y ellos... bueno, ellos intentan que el imperio no se atragante con un peón de madera.

Ethan y Alice estaban un poco apartados, sentados bajo un roble. Ethan le mostraba a Alice cómo hacer un nudo marinero con una cinta, mientras ella dibujaba la escena del picnic, capturando la risa de Mía y el ceño fruncido de Oliver. El equilibrio entre el rigor y la ternura por fin parecía haberse instalado en la familia.

En la oficina técnica de Mónaco, Mía estaba frustrada. Tenía frente a ella un plano técnico lleno de números y líneas negras que no decían nada. Ella tomó un carboncillo y, sobre el papel traslúcido, empezó a dibujar formas orgánicas, curvas que imitaban el movimiento de los corales.

—Esto es lo que quiero, Julián —dijo Mía, señalando su dibujo—. No quiero una caja de cristal sobre la roca. Quiero que el edificio parezca que ha crecido desde el fondo del mar.

Julián se acercó y observó el boceto. A diferencia de otros arquitectos que se reirían de un dibujo tan abstracto, él sonrió. Entendía perfectamente el lenguaje de su esposa.

—Mía, tú diseñas como pintas y como vistes: pensando en cómo la luz acaricia la forma —dijo Julián con sinceridad—. Yo soy el que pone los pilares, pero tú eres la que decide por qué vale la pena entrar en ese edificio. Tu visión de diseñadora de modas es lo que nos da ventaja; tratas las fachadas como telas y las estructuras como cuerpos.

Mía asintió, más tranquila. —A veces olvido que mi trabajo no es saber cuántas toneladas aguanta un pilote, sino asegurar que, cuando alguien entre aquí, sienta que está dentro de una obra de arte.




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