Bajo la dirección de Sofía Conti, el concepto artístico de Mía empezó a tomar forma física. Sofía traducía los dibujos de Mía (esos que parecían telas flotantes) en estructuras de polímeros y cristales inteligentes.
—Mía, esto nunca se ha hecho —dijo Sofía, mirando el boceto de la cueva submarina—. Pero si logramos que el peso se distribuya de forma radial como en tus diseños de faldas circulares, la cueva no sufrirá presión. Es... es ingeniería de moda aplicada a la piedra.
Alice, desde su rincón, capturaba el momento: tres mujeres rodeando una mesa de luz, construyendo algo que los hombres de la familia creían imposible.
Ethan, que pasaba por el pasillo (técnicamente él podía entrar porque no era ni Julián ni Oliver), se detuvo a mirar a Alice a través del cristal. Se sentía orgulloso. No solo su hermana estaba brillando, sino que la mujer que amaba estaba documentando el nacimiento de una nueva era para los Ferrer.
La curiosidad fue más fuerte que la prudencia. Julián, convencido de que Sofía Conti no había reforzado adecuadamente el arco de cristal de la gruta, decidió que debía verlo con sus propios ojos. Aprovechando que Mía estaba en una cena con Elena Vandergrift, Julián se puso un mono de trabajo naranja, un casco sucio y unas gafas protectoras.
Se coló en la obra al atardecer, mezclándose con el equipo de limpieza. Estaba arrodillado frente al anclaje principal, murmurando: —Lo sabía... este perno no tiene el torque necesario para la presión salina...
—Ese perno es de titanio grado 5, Julián. Y el torque está controlado digitalmente por mi equipo.
Julián se congeló. Se giró lentamente para encontrar a Mía y Paz de pie, con los brazos cruzados y una expresión de "te hemos pillado".
—¿Mía? —balbuceó él—. Yo solo... pasaba por aquí para ver si la iluminación nocturna era la correcta... —Has roto la cláusula de Juliette de no interferencia, Julián —dijo Paz con una sonrisa maliciosa—. Según el acuerdo de caballeros que firmamos, el castigo por espionaje industrial doméstico es un fin de semana completo a cargo de Artemisa y Bastian Justiniano... sin la ayuda de Oliver.
Julián palideció. Miró la gruta y luego a su esposa. —Vale, me rindo. El arco es perfecto, Mía. Mejor que el que yo hubiera diseñado. Acepto mi condena de pañales con dignidad.
Mientras Julián cumplía su "sentencia" en la mansión, Paz se enfrentaba a la prueba de fuego del proyecto. El banco central de Mónaco exigía una garantía de activos que ponía en riesgo el flujo de caja de Selene Global. Oliver le había enviado una nota (a través de Ethan, para no romper las reglas) sugiriendo un enfoque conservador y cauteloso.
Paz leyó la nota de su marido, la dobló y la usó para nivelar una mesa. —No vamos a ser cautelosos —le dijo a Sofía y a Mía—. Vamos a ofrecerles una participación en los derechos de imagen de la marca "Selene Madre". El banco no quiere solo dinero; quiere prestigio.
Paz entró en la sala de juntas de Mónaco y, en lugar de hablar de tasas de interés, habló de cómo ese edificio se convertiría en el nuevo símbolo de la ciudad, multiplicando el valor de la tierra colindante. Fue una jugada arriesgada, casi agresiva, que Oliver jamás habría intentado.
Cuarenta minutos después, salió con el contrato firmado. —Lo logramos —le dijo a Mía por teléfono—. Y lo hicimos con un contrato de tres páginas, no con los tomos de cincuenta que escribe Oliver.
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Editado: 12.05.2026