En Ginebra, Ethan organizó el lanzamiento mundial del libro de Alice. La prensa estaba expectante. Alice, roja como un tomate, estaba sentada frente a su primera edición.
—Solo tienes que leer el primer párrafo, Alice —susurró Ethan, dándole ánimos—. Estás con nosotros.
Alice tomó aire y abrió el libro, pero Missiu Leguau, que se había quedado con ellos para "supervisar", decidió que el atril de cristal era el lugar perfecto para una siesta. Se echó justo encima de las páginas, ocultando el texto y mirando a la prensa con aburrimiento supremo.
La sala se quedó en silencio. Ethan estaba a punto de intervenir cuando Alice soltó una carcajada. Se relajó por completo, acarició la cabeza de Missiu y empezó a contar la historia de memoria, sin necesidad del libro.
—En realidad —dijo Alice a los periodistas—, el conejo que no sabía saltar aprendió a caminar con estilo gracias a una gata muy orgullosa que conoció en el camino.
El público estalló en aplausos. Missiu, al escuchar los vítores, se estiró, bostezó en la cara de un fotógrafo de la revista Vogue y volvió a dormirse.
—Lo has logrado, Alice —le susurró Ethan—. Y Missiu acaba de asegurarse una comisión como agente literaria vitalicia.
De regreso en la oficina central, la transición al nuevo mando de las chicas era oficial. Leo observaba desde su despacho cómo el equipo creativo de Mía llenaba los pasillos de plantas, muestras de tela y música de ambiente, mientras el equipo estratégico de Paz instalaba pantallas táctiles de última generación.
El choque cultural era real. Los ingenieros veteranos de Leo miraban con recelo las nuevas "salas de meditación creativa".
—Esto no va a funcionar, Leo —se quejaba un jefe de obra—. No podemos construir puentes con "vibraciones positivas".
De repente, se escuchó un estruendo en la cafetería. Missiu había logrado entrar en la cocina y estaba persiguiendo el dron de vigilancia que Leo utilizaba para supervisar la seguridad. La gata saltó sobre el dron, lo derribó en medio de una mesa de planos y se quedó sentada encima del aparato como si fuera un trofeo de caza.
Todo el piso 40 se quedó en silencio. Entonces, el ingeniero veterano soltó una carcajada. —Bueno... si esa gata puede derribar la tecnología de Leo Ferrer, supongo que podemos darle una oportunidad a los nuevos diseños de Mía.
Mía y Paz se miraron y chocaron los cinco. Habían ganado su primera batalla interna gracias a la guerrera más pequeña y peluda de la familia.
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Editado: 12.05.2026