El primer proyecto de la Fundación Ferrer-Thorne llevó a Mía y Alice a una antigua fábrica abandonada en una zona industrial olvidada. El reto era real: no había mármoles de Mónaco ni luces de Tokio.
—Aquí es donde el arte debe ser útil, Alice —dijo Mía, quitándose sus tacones de diseñador para ponerse unas botas de trabajo.
Mientras Mía coordinaba la reforma estructural con el equipo de Sofía Conti, Alice se encargó de pintar un mural gigante en la fachada junto a los niños del barrio. Missiu supervisaba todo desde lo alto de un andamio, con sus marcas de siamesa cubiertas de polvo de tiza blanca, dándole un aspecto de fantasma aristocrático.
Julián y Oliver llegaron de sorpresa con camiones llenos de suministros y comida. Por primera vez, los hombres no llegaron a dar órdenes, sino a servir. Julián ayudó a instalar paneles solares y Oliver organizó los talleres legales gratuitos para los vecinos. El "Barrio de las Nubes" dejó de ser gris para llenarse de los colores de los cuentos de Alice.
La paz en la mansión Ferrer terminó oficialmente cuando Artemisa y Bastian Justiniano cumplieron dos años. Los bebés ya no solo gateaban; ahora corrían, escalaban y, lo más peligroso, seguían las órdenes de Missiu Leguau.
Mía entró en el gran salón y se encontró con una escena de pesadilla creativa:
Bastian Justiniano estaba usando los planos originales de Mónaco como papel para colorear con purpurina.
Artemisa había "maquillado" las estatuas del pasillo con los labiales de lujo de su madre.
Missiu, sentada en lo alto del piano de cola, maullaba rítmicamente, como si estuviera dirigiendo la orquesta del desastre.
—¡Julián! ¡Oliver! —gritó Mía, tratando de rescatar un jarrón de la dinastía Ming que Artemisa usaba como tambor.
Los dos padres entraron corriendo, pero terminaron cubiertos de pegamento y pegatinas de estrellas que los niños les lanzaron como emboscada. —Es inútil, Mía —dijo Julián, rindiéndose mientras Missiu le saltaba sobre la cabeza—. La gata los ha entrenado bien. Somos prisioneros en nuestra propia casa.
Esa noche, mientras los niños dormían y la mansión recuperaba un poco de orden, Mía se sentó con Julián en la terraza. Missiu se acurrucó a sus pies, ronroneando con esa satisfacción de quien sabe que, aunque las mujeres manden en Selene Global, ella sigue mandando en el corazón de la familia.
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