Oliver llegó a la fuente de Bethesda con el corazón martilleando contra sus costillas. La bruma matutina le daba a la escena un aire irreal. Allí, sentada en el borde de piedra, estaba ella. Martina. Se veía igual, pero sus ojos tenían una dureza que antes no existía.
—Siete años, Oliver. Te ves... bien —dijo ella, con una voz que le heló la sangre—. Supongo que la vida con los Ferrer te ha sentado de maravilla.
—¿Cómo es posible? —balbuceó Oliver—. Vi los restos del coche... vi el informe. —Viste lo que mis captores quisieron que vieras. Aquel accidente fue mi única salida para sobrevivir a una deuda que mi padre no pudo pagar. Pero ahora ellos han caído, y yo he vuelto. Y he visto que me has reemplazado con una mujer que ahora dirige tu vida.
Oliver retrocedió, sintiendo el peso de su nueva realidad. Martina no era solo un fantasma; era una amenaza para la paz que tanto le había costado construir.
En el penthouse, Mía no podía estarse quieta. Sabía que su hermano y Oliver ocultaban algo pesado. Cuando vio a Oliver salir con una actitud sospechosa, no lo dudó.
—¡Julián, cuida a los niños! ¡Missiu se ha escapado hacia el parque! —Mintió Mía a gritos mientras se ponía una gabardina y tomaba a la gata siamesa bajo el brazo. —¿Otra vez? —gritó Julián desde la cocina— ¡Esa gata tiene alma de fugitiva!
Mía siguió a Oliver a una distancia prudencial. Missiu Leguau, desde los brazos de su dueña, mantenía sus orejas en alerta, sus ojos azules fijos en la figura de Oliver. Cuando llegaron a la fuente, Mía se ocultó tras unos arbustos y vio a la mujer misteriosa.
Missiu soltó un siseo casi imperceptible. Mía sacó su teléfono y tomó una foto de Isabella. —Esa cara me resulta familiar... —susurró Mía—. Es la mujer de las fotos antiguas de Oliver. Esto va a destruir a Paz.
Mientras tanto, en el estudio del penthouse, Paz caminaba de un lado a otro como un león enjaulado. Alice intentaba calmarla dibujando garabatos en su cuaderno.
—Alice, Oliver me está mintiendo. Lo siento en los huesos —decía Paz—. Estaba pálido, no desayunó y recibió una nota que Missiu intentó destruir. ¿Qué decía esa nota?
Alice, nerviosa por naturaleza, empezó a dibujar inconscientemente lo que había escuchado a través de la puerta del despacho de Ethan. Sus dedos trazaron un rostro femenino, elegante pero severo.
—¿Quién es ella, Alice? —preguntó Paz, arrebatándole el cuaderno—. ¿Por qué has dibujado a esta mujer? —Yo... yo oí a Oliver decir que había visto a alguien que creía fallecida —confesó Alice en un susurro—. Se llama Martina.
Paz sintió que el mundo se detenía. No era una amante, era algo peor: era el primer amor de su marido, el gran trauma de su vida. Justo en ese momento, Mía entró en el salón con Missiu, quien saltó directamente al sofá y se puso a lamerse las patas con una calma inquietante.
—Paz... tenemos que hablar —dijo Mía, mostrando la foto en su teléfono—. Oliver se ha reunido con ella.
Paz miró la foto y luego el dibujo de Alice. Una chispa de fuego, la misma que usaba para cerrar tratos millonarios en Selene Global, se encendió en sus ojos. —No voy a quedarme sentada esperando a que él decida quién es su familia. Alice, guarda tus dibujos. Mía, deja a Missiu con Julián. Nos vamos a la fuente de Bethesda... ahora mismo.
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Editado: 12.05.2026