Diseñando el Desastres

Tormenta en Central Park (La Confrontación)

Paz llegó a la fuente de Bethesda con la elegancia de una reina y la frialdad de un glaciar. Mía caminaba a su lado, manteniendo a Missiu Leguau cerca, mientras la gata observaba la escena con sus ojos azules fijos en la extraña.

Justo cuando Martina, en un arrebato de drama, intentaba poner una mano sobre el pecho de Oliver para recordarle "lo que fueron", Paz rompió el silencio.

—La luz de la mañana en Nueva York no es lo suficientemente oscura como para ocultar que estás fuera de lugar, Martina —dijo Paz, su voz cortando el aire como un diamante.

Oliver se giró, aterrado. —Paz... yo... —No digas nada, Oliver. Ya he visto suficiente.

Martina intentó mantener la compostura. —¿Así que tú eres la sustituta? —preguntó con una sonrisa amarga. —No, querida —respondió Paz, acercándose—. Yo soy la esposa, la socia y la madre de su hijo. Tú eres un recuerdo que no tuvo la decencia de quedarse en el pasado.

Mía dio un paso al frente, mientras Missiu soltaba un siseo bajo desde su hombro. —Y más te vale que ese pasado no intente tocar el presente de mi amiga.

De regreso en el penthouse, el ambiente era insoportable. Ethan y Alice estaban en el salón, cuidando a los bebés que, ajenos al drama, jugaban en la alfombra. Oliver intentaba explicar que el shock de verla viva lo había bloqueado, pero Paz no quería oírlo.

—Me ocultaste que estaba viva, Oliver. Me ocultaste que te citaste con ella —dijo Paz, cruzándose de brazos—. Y lo peor es que veo en tus ojos que una parte de ti se pregunta "qué habría pasado".

—¡Estaba muerta para mí durante siete años, Paz! —exclamó Oliver—. Entiéndelo, es como si el mundo se hubiera partido en dos.

—Pues mientras decides en qué mitad quieres vivir, no lo vas a hacer aquí —sentenció Paz con una firmeza que hizo que hasta Julián guardara silencio—. Oliver, necesito que te retires. No quiero que los niños te vean así, confundido y ausente. Tómate un tiempo. Ve a un hotel, ve con Ethan... pero sal de esta casa ahora mismo.

Oliver, con el corazón roto y la maleta en la mano, se dirigió a la puerta. Mía lo miraba con tristeza desde el sofá. Missiu Leguau, que siempre había tenido una relación distante pero respetuosa con Oliver, se bajó del regazo de Mía y caminó hacia él.

La gata siamesa se frotó una última vez contra la pierna de Oliver, soltando un maullido corto, casi de despedida, antes de volver corriendo al lado de Mía.

—Incluso la gata sabe que la has fastidiado, Oliver —susurró Mía.

Oliver salió del penthouse y se instaló en el hotel de Kenji Sato (irónicamente, el único lugar donde Paz no iría a buscarlo). Mientras tanto, en la casa, Paz se derrumbó por primera vez en los brazos de Mía.

—¿He hecho lo correcto, Mía? —preguntó Paz entre lágrimas. —Has protegido tu dignidad, Paz. Si él no sabe lo que tiene, necesita sentir el frío de perderlo para despertar.

Missiu Leguau se acurrucó entre las dos mujeres, ronroneando con fuerza, convirtiéndose en el único ancla de paz en medio de la tormenta de los Thorne y los Ferrer en Manhattan.




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