Oliver estaba sentado en el bar del hotel de Kenji Sato, mirando al fondo de un vaso de whisky, cuando Ethan apareció y se sentó a su lado sin decir una palabra. A los pocos minutos, Martina apareció entre las sombras del lujoso lounge, luciendo un vestido de seda que gritaba "oportunismo".
—Oliver, me alegra que hayas dejado ese ambiente tan opresivo —dijo Martina, ignorando por completo a Ethan—. Podemos empezar de nuevo, lejos de las exigencias de los Ferrer.
Ethan dejó su maletín sobre la mesa con un golpe seco. —Martina, como abogado y amigo, te sugiero que midas tus palabras. Oliver no está "libre", está en un proceso de reflexión familiar. Y si crees que vas a entrar en su vida para desmantelar lo que ha construido con Paz, te enfrentas no solo a un divorcio que no sucederá, sino a una auditoría completa de tus "siete años de desaparición".
Oliver miró a Ethan y luego a Martina. La mística del pasado empezó a desmoronarse frente a la lógica implacable de uno de sus mejores amigos.
Mía no podía ver a su mejor amiga sumida en la tristeza, ni a su hogar convertido en un funeral. Decidió que era hora de intervenir con su estilo característico. Organizó una cena de gala en un reservado del Le Bernardin, bajo la excusa de cerrar el contrato definitivo de Hudson Yards.
—Paz, es trabajo. Tienes que ir —insistió Mía mientras terminaba de peinar a su gata—. Y Missiu Leguau vendrá con nosotros para asegurar que el aire se mantenga limpio de "fantasmas".
Cuando Paz llegó al restaurante, se encontró con Oliver, quien también había sido engañado por Mía bajo una premisa similar. Se miraron en silencio. Mía se sentó entre ellos, puso a Missiu sobre una silla vacía (que la gata ocupó con la dignidad de un juez) y desplegó los planos.
—Bien —dijo Mía—. Vamos a hablar de negocios. Pero antes de poner un solo ladrillo más en Nueva York, ustedes dos van a decidir si los cimientos de este matrimonio son de acero o de arena. Missiu, vigila la puerta. Si ves a una mujer de abrigo gris acercarse, muerde.
Mientras Oliver se preparaba en su suite del hotel, desolado y vistiéndose para la supuesta "reunión de negocios" que Mía le había organizado, Alice apareció en su puerta. Fue en ese momento cuando ella le entregó la carpeta con los dibujos y las pruebas del fraude de Martina
—Ve a esa cena, Oliver —le dijo Alice con firmeza—. No vayas como un hombre derrotado, ve como alguien que por fin tiene la verdad en sus manos.
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