Diseñando el Desastres

La Reconciliación en Le Bernardin

Mientras Oliver revisaba la carpeta de Alice en su hotel, la verdad salió a la luz. El padre de Martina no solo había sido un deudor; había sido el socio que los Thorne expulsaron de la firma hace décadas por prácticas corruptas, hundiéndolo en la miseria. Martina no volvió por amor, sino por venganza generacional.

Su plan era simple: desestabilizar emocionalmente a Oliver, provocar el divorcio con Paz y, en medio del caos legal de la empresa de los Thorne, filtrar información confidencial para que las acciones de la familia cayeran en picado. Ella quería ver a los Thorne perdiendo el imperio que, según ella, le pertenecía a su familia.

—No era amor, Oliver —le dijo Ethan con dureza—. Eras su herramienta de demolición.

Con esa carpeta bajo el brazo y el corazón a mil por hora, Oliver llegó al restaurante. Mía, Paz y la inseparable Missiu Leguau ya estaban allí.

La tensión en la mesa se podía cortar con un cuchillo. Paz mantenía una distancia gélida, y Missiu, desde su silla, observaba a Oliver con sus ojos azules, como esperando una explicación válida.

—Paz, antes de que hablemos de Hudson Yards o de nuestro futuro, necesito que veas esto —dijo Oliver, poniendo la carpeta de Alice sobre la mesa.

Paz la abrió con desconfianza. A medida que pasaba las páginas y veía los documentos de las transferencias y los retratos de Alice que conectaban los cabos sueltos, su expresión cambió del hielo a la sorpresa absoluta.

—Ella no volvió porque te amara, Oliver... —susurró Paz, mirando los registros bancarios. —No. Volvió para destruirnos desde dentro —respondió Oliver—. Fui un estúpido por dejar que su "fantasma" me confundiera, pero ahora sé que lo único real en mi vida es lo que tú y yo hemos construido.

Mía suspiró aliviada, acariciando las orejas oscuras de Missiu. —Parece que mi gata no era la única con buen instinto. Alice ha hecho el trabajo de investigación de su vida.

Paz cerró la carpeta, miró a Oliver a los ojos y, tras un largo silencio, extendió su mano sobre la mesa. Oliver la tomó con fuerza.

—Vuelve a casa, Oliver —dijo Paz—. Pero la próxima vez que veas un fantasma, asegúrate de que yo sea la primera en saberlo.




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