Oliver seguía viviendo en el hotel, y la soledad empezaba a pasarle factura. Intentó presentarse en las oficinas de Selene Global con la excusa de entregar unos informes técnicos a Leo, pero se encontró con una barrera infranqueable.
En la recepción de la planta ejecutiva, no estaba el personal de seguridad habitual. Estaba Mía, sentada con Missiu Leguau en su regazo, revisando unos catálogos de telas.
—Los informes déjalos ahí, Oliver —dijo Mía sin levantar la vista—. Paz ha pedido que cualquier comunicación profesional pase por el departamento legal externo. No quiere verte en los pasillos.
—Mía, por favor... es mi trabajo. He sido el abogado de confianza de tu familia por años. —Y lo sigues siendo para Leo —respondió Mía, mientras Missiu soltaba un bostezo sonoro frente a él—. Pero Paz es nuestra directora estratégica y mi mejor amiga. Si tu presencia la incomoda, tú eres el que sobra en este piso.
Oliver bajó la cabeza. Ver a Missiu ignorarlo por completo, como si él fuera un mueble más, le dolió casi tanto como el desprecio de Paz.
Un sábado, durante el tiempo de visita supervisada en Central Park, las cosas se complicaron. Paz estaba sentada en un banco a veinte metros, fingiendo leer un informe, mientras Oliver jugaba con Bastian Justiniano cerca de un pequeño estanque.
De repente, una ráfaga de viento lanzó el peluche favorito del niño —un pequeño león que Mía le había regalado— directamente al centro del estanque lodoso. El niño empezó a llorar con una angustia que le partió el alma a Oliver.
Sin pensarlo dos veces, Oliver, vestido con un traje de tres mil dólares, se lanzó al agua estancada y fría. Nadó entre las algas y el lodo para rescatar el juguete. Cuando salió, empapado y cubierto de fango, se lo entregó al niño con una sonrisa temblorosa.
Paz se levantó, impresionada por el impulso, pero no corrió hacia él. Se limitó a acercarse, tomó al niño y le dio una toalla que siempre llevaba en su bolso a Oliver de forma mecánica. —Gracias por el gesto, Oliver. Pero un traje sucio no limpia una conciencia. Ve al hotel antes de que te resfríes.
La abuela Juliette decidió que ya era suficiente drama. Convocó a una "reunión de emergencia de Selene Global" en una casa de campo en las afueras de Nueva York. Obligó a Mía, Julián, Paz y Oliver a asistir.
—No me importa quién está viviendo en qué hotel —sentenció Juliette mientras tomaba el té—. Tenemos un lanzamiento en Manhattan y necesito a mi equipo al cien por ciento. Se quedarán aquí este fin de semana para coordinar la seguridad contra los ataques de esa mujer, Isabella.
Mía llegó con Missiu Leguau, quien de inmediato se adueñó de la chimenea. Oliver intentó sentarse cerca de Paz en la cena, pero la gata siamesa se interpuso en el camino, saltando a la silla vacía antes de que él pudiera ocuparla.
—Parece que Missiu todavía no te ha dado el permiso de aterrizaje, Oliver —comentó Julián en voz baja, tratando de no reírse ante la cara de frustración de su amigo.
Paz no dijo nada durante toda la noche, pero Oliver notó que, por primera vez, no le retiraba la mirada con odio, sino con una tristeza profunda. Era el inicio de un camino muy largo para recuperar lo que había tirado por la borda.
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Editado: 12.05.2026