El destino (y el estanque de Central Park) finalmente le pasó factura a Oliver. Esa tarde, empezó a temblar de fiebre. La hipotermia del rescate del peluche y el estrés acumulado lo derribaron. Se retiró a su habitación con un escalofrío que le calaba los huesos.
Paz, a pesar de su firmeza, no pudo evitar que su instinto protector despertara. Entró en la habitación con una bandeja de té y medicina. Se encontró a Oliver delirando un poco, murmurando algo sobre "el helado de pistacho de Paz".
—Sigues siendo un niño, Oliver Thorne —susurró Paz, poniéndole un paño frío en la frente.
Missiu Leguau entró en la habitación y, para sorpresa de todos, saltó a la cama y se enroscó a los pies de Oliver, como si hubiera decidido que el castigo ya había sido suficiente y ahora tocaba la fase de sanación. La gata de Mía se quedó allí toda la noche, una guardiana siamesa vigilando el sueño del hombre que intentaba desesperadamente volver a casa.
Dos días después, con Oliver ya recuperado pero aún débil, Paz demostró por qué es la mente estratégica del grupo. Convocó a Martina a una reunión "legal" en un terreno neutral, pero no llevó a Oliver. Fue con Ethan y una grabadora oculta.
Paz le hizo creer a Martina que estaba dispuesta a dejar a Oliver si ella le contaba la "verdadera historia" de su desaparición. Martina, creyéndose victoriosa, confesó todo: el pago de los competidores, su intención de hundir la reputación de Paz y cómo pretendía usar a Oliver como un títere.
—Gracias, Martina. Eso es todo lo que necesitaba —dijo Paz, sacando el dispositivo de grabación—. Esto no irá a la prensa, porque Selene Global no se rebaja a eso. Pero irá directamente a la policía de inmigración y a tus antiguos "socios" para que sepan que has hablado de ellos. Tienes una hora para desaparecer de Nueva York.
Cuando Paz volvió a la casa de campo, Oliver la esperaba en el porche. Ella lo miró largo rato. —Martina se ha ido. Para siempre. Pero eso no significa que hayamos terminado de hablar, Oliver. Vas a tener que esforzarte mucho para que vuelva a confiar en ti como antes.
—Lo haré, Paz. Aunque me tome el resto de la vida —respondió él.
Mía y Julián observaban desde la ventana, con Missiu Leguau sentada en el alféizar. La familia Thorne-Ferrer había sobrevivido a los fantasmas de Manhattan, pero la verdadera reconstrucción acababa de empezar.
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