Diseñando el Desastres

Supervivencia en los Catskills (Hombres contra la naturaleza)

La abuela Juliette, harta de las caras largas, decretó que Julián y Oliver debían llevarse a los niños de acampada a las montañas Catskills. —Necesitan aire puro y dejar de ser hombres de oficina —sentenció.

El desastre fue inmediato. Oliver intentaba montar la tienda de campaña con la misma precisión con la que redactaba un contrato, mientras Julián trataba de encender una fogata con leña húmeda. Los niños, Artemisa y Bastian Justiniano, se divertían lanzando nubes de azúcar al río.

De repente, un enorme mapache neoyorquino, atraído por el olor de la comida, apareció en el campamento. Oliver y Julián retrocedieron, armados solo con una espátula de cocina. Fue entonces cuando Missiu Leguau, que se había colado en el coche de Julian y terminado en el campamento, saltó desde lo alto de la camioneta.

Con un maullido que sonó como un rugido de pantera, la siamesa erizó su lomo y enfrentó al mapache. El animal, intimidado por esos ojos azules eléctricos, huyó despavorido. —¿Acabamos de ser rescatados por la gata de mi mujer? —preguntó Julián, jadeando. —Sí, Julián. Y lo peor es que ella lo sabe —respondió Oliver, mientras Missiu los miraba con un desdén absoluto antes de volver a lamerse una pata.

De vuelta en Manhattan, el lanzamiento de la colección "Moda y Espacio" de Mía y Paz estaba en su punto álgido. Como parte de su penitencia, Oliver aceptó trabajar como el asistente personal de Paz.

Era una imagen digna de verse: el prestigioso abogado Oliver Thorne cargando rollos de tela, llevando cafés con leche de soja a las modelos y organizando la agenda de Paz con una humildad que conmovía a todos.

—Thorne, necesito que estos bocetos estén en la imprenta de Brooklyn en veinte minutos —decía Paz, sin mirarlo, manteniendo su papel de jefa implacable. —Enseguida, jefa —respondía Oliver, saliendo disparado.

Mía observaba la escena desde su taller, mientras diseñaba un collar inspirado en las marcas siamesas de Missiu. —Paz, creo que ya ha sufrido suficiente —susurró Mía—. El pobre ha perdido cinco kilos corriendo por todo Manhattan. —Aún no, Mía. Tiene que aprender que ser parte de este equipo significa estar presente cuando las cosas se ponen feas, no solo en las galas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.