El tío Maximiliano, con su barba blanca y sus historias de naufragios, soltó la bomba durante el recalentado de Navidad. —He decidido que mis tierras en la Patagonia argentina, esas que vuestro abuelo y yo compramos hace cincuenta años, pasen a nombre de los pequeños Artemisa y Bastian Justiniano. Pero hay una condición: la familia debe viajar allí para "reclamar la tierra" antes de que termine el verano austral.
—¿La Patagonia? —preguntó Julián, palideciendo—. He oído que allí el viento te vuela hasta las ideas. —Es el lugar perfecto para que Oliver termine de demostrar su temple —rio Maximiliano, guiñándole un ojo a Paz.
Mía ya estaba imaginando colecciones de lana merina y abrigos de alta montaña. Sin embargo, el mayor reto fue convencer a la aerolínea de que Missiu Leguau necesitaba un asiento de primera clase. La siamesa, al ver las fotos de los glaciares en la tablet de Mía, soltó un maullido de sospecha; el frío no era exactamente su ambiente favorito, pero donde fuera su dueña, iría ella.
Antes del viaje al sur, Mía y Paz debían enfrentar el desfile final en el Bryant Park de Nueva York. El éxito era tal que Jean-Pierre Valmont, un diseñador francés de la vieja guardia y rival histórico de la abuela Juliette, decidió que las "herederas suizas" no podían triunfar en su terreno.
La noche del desfile, Valmont intentó sabotear las luces y cambiar la música por sonidos de tráfico de París. Pero no contaba con la "seguridad felina". Missiu, que merodeaba por el backstage con una capa de terciopelo miniatura diseñada por Mía, detectó a un asistente de Valmont intentando cortar los cables del proyector principal.
Con un salto digno de un acróbata de circo, Missiu se lanzó sobre las piernas del saboteador, provocando que este gritara y soltara las herramientas justo frente a Oliver. —¿Buscabas algo, amigo? —preguntó Oliver, recuperando su tono de abogado implacable.
El desfile fue un triunfo absoluto. Las modelos desfilaron con estructuras de cristal que reflejaban las luces de Manhattan, y el cierre lo hicieron Mía y Paz, con Missiu caminando orgullosa por la pasarela, convirtiéndose en el meme más compartido de la Semana de la Moda.
Tras el éxito del desfile, la familia se reunió para brindar. Mía, inusualmente, pidió un zumo de manzana en lugar de champán. Paz la miró con complicidad, notando ese brillo especial en sus ojos.
—Julián... —dijo Mía suavemente, tomando la mano de su marido—. Creo que vamos a necesitar un asiento más en el avión a la Patagonia. Y no es para otra gata.
Julián se quedó congelado, con la copa a medio camino de la boca. —¿Un asiento más? ¿Maximiliano trae a alguien? —preguntó, antes de que su cerebro procesara la información—. Espera... ¿otro bebé? ¿Mía, estás...?
—Sí, Julián. Artemisa va a tener un hermano o hermana —confirmó Mía con una sonrisa radiante.
Julián se desplomó en el sofá, entrando en un estado de pánico cómico. —Tres niños... dos de dos años, un recién nacido... y una gata que se cree la reina de Saboya. Mía, vamos a necesitar un ejército, no una niñera. ¡Tengo que rediseñar la habitación! ¡Tengo que comprar un coche de siete plazas! ¡Tengo que...!
Missiu Leguau saltó sobre el regazo de Julián, dándole un pequeño "toque" con la pata en la nariz para que se callara. La gata parecía la única que mantenía la compostura ante la llegada del nuevo integrante.
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Editado: 12.05.2026