Semanas después, la expedición Ferrer-Thorne aterrizó en El Calafate. El viento soplaba con fuerza y el glaciar Perito Moreno se alzaba imponente a lo lejos. Oliver cargaba las maletas, Paz llevaba a Leo Justiniano, y Julián, todavía algo aturdido por la noticia del embarazo, llevaba a Artemisa y el transportín de Missiu.
—Bienvenidos al fin del mundo —dijo el tío Maximiliano, señalando una cabaña de madera rústica pero lujosa frente al lago argentino.
Oliver miró a Paz y le dio un beso en la frente. —Aquí no hay fantasmas, ni Martinas, ni hoteles. Solo nosotros. Paz sonrió, sintiendo que por fin las heridas de Nueva York se cerraban bajo el cielo purísimo del sur.
Missiu, al salir del transportín y sentir el aire fresco de la Patagonia, estiró sus patas siamesas y miró el glaciar. Soltó un maullido desafiante; si había conquistado Manhattan, conquistar un glaciar sería pan comido.
Julián seguía hiperventilando en la cabaña patagónica. —¡Tres niños, Mía! ¡Tres! Artemisa, el de Oliver y Paz, y ahora el nuestro... ¡Son tres pañales, tres llantos, tres colegios!
Mía soltó una carcajada mientras acomodaba a Missiu Leguau en un cojín de lana merina. —Julián, respira. Bastian Justiniano es el hijo de Paz y Oliver. Nosotros solo tenemos a Artemisa... y al que viene en camino. Son dos, no tres.
Julián se detuvo en seco, parpadeó y miró a Oliver, que se reía desde la cocina. —Ah... cierto. Es que cuando os veo a todos juntos en el salón de Nueva York, parece que somos una guardería gigante. Pero dos... dos es manejable. Creo.
Missiu Leguau lo miró con sus ojos azules, soltando un maullido que sonó extrañamente a una burla felina. Ella sabía perfectamente quién era quién en esa familia.
El tío Maximiliano los llevó de excursión a una zona de cuevas naturales cerca del glaciar. —Vuestro abuelo y Juliette vinieron aquí en los años 70 —contó el anciano—. Ella decía que las formas del hielo y la roca eran la arquitectura perfecta.
Mía y Alice entraron con linternas, seguidas de cerca por Missiu, que caminaba con cautela sobre la piedra fría. En el fondo de la cueva, grabados en la roca, encontraron unos trazos que no eran rupestres. Eran bocetos técnicos: arcos, columnas y espirales.
—¡Es el trazo de la abuela Juliette! —exclamó Mía, tocando la piedra—. Son los planos originales de Selene Global... ella los diseñó aquí, inspirándose en las grietas del glaciar.
Alice empezó a dibujar frenéticamente en su cuaderno, capturando la conexión entre la naturaleza salvaje y el imperio que las mujeres Ferrer habían construido.
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Editado: 12.05.2026