Diseñando el Desastres

El Despertar del Estruendo (Adiós a la Patagonia)

La tormenta amainó al tercer día, dejando un paisaje de un blanco cegador. El grupo se preparó para el largo viaje hacia el norte, hacia la capital argentina. Missiu Leguau, envuelta en una manta de lana, fue la primera en subir a la camioneta, mirando el glaciar por última vez con una mezcla de respeto y alivio.

—Próxima parada: Buenos Aires —anunció Oliver, cargando las maletas con una energía renovada—. Espero que la ciudad sea más tranquila que este glaciar.

—Es Buenos Aires, Oliver —rio Paz—. Nunca es tranquila. Y menos con nosotros llegando en masa.

La llegada a Buenos Aires fue un choque de civilización. Se instalaron en un palacete de estilo francés en el corazón de la Recoleta, frente a la Plaza Francia. La casa tenía techos altos, molduras de oro y un jardín interno que parecía sacado de una película de época.

Missiu Leguau no tardó ni cinco minutos en encontrar su lugar favorito: una estatua de mármol de un ángel en el patio central. Para horror de la estricta ama de llaves argentina que Juliette había contratado, la siamesa empezó a afilarse las uñas con una parsimonia aristocrática.

—¡Señora Mía! ¡La gatita está destruyendo el patrimonio! —exclamó la mujer. —No lo destruye, lo personaliza —respondió Mía con una sonrisa, mientras saboreaba su primer alfajor de chocolate—. Missiu sabe reconocer la buena piedra cuando la ve.

El embarazo de gemelas trajo consigo un hambre legendaria. Mía descubrió el dulce de leche y, para desgracia de Julián, se obsesionó con encontrar el "mejor alfajor de autor" de la ciudad.

—Julián, las niñas dicen que el de la esquina es demasiado industrial —decía Mía a las once de la noche—. Necesitan el que hacen en una pequeña cafetería de San Telmo que sale en las guías de culto.

Julián, suspirando, se ponía la chaqueta. —San Telmo está al otro lado de la ciudad, Mía. Y son las once. —Es por las niñas, Julián. Y por el futuro de Selene Global Sur. No querrás que nazcan con mal humor, ¿verdad?

Oliver, que pasaba por allí, le dio una palmada en la espalda. —Acompáñame, Julián. Yo también necesito salir; Paz dice que el asado que comimos hoy le dio sed de "limonada con menta y jengibre fresco". Nueva York era más fácil, amigo.




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