Diseñando el Desastres

El Gaucho Julián y el Campo de Girasoles

Al llegar a la estancia, el paisaje era infinito. Miles de girasoles se mecían con el viento. Facundo, montado en un caballo criollo, los recibió con una sonrisa que a Oliver le seguía pareciendo demasiado perfecta.

—¡Julián! ¿Te animas a ayudarnos con el arreo hacia el corral sur? —Desafió Facundo.

Julián, queriendo demostrar que no era solo un "chico de ciudad" frente a Mía, montó un caballo que parecía mucho más grande de lo que recordaba. Todo iba bien hasta que un ternero decidió salirse del camino. Julián intentó seguirlo, pero terminó entrando de lleno en un campo de girasoles gigantes que lo superaban en altura.

—¡Mía! ¡Oliver! ¡No veo nada más que flores amarillas! —gritaba Julián desde la espesura.

Missiu Leguau, que observaba desde el porche de la casa principal, soltó un maullido de alarma. De repente, la gata saltó y corrió hacia el campo de flores. Como si fuera una pequeña brújula siamesa, empezó a maullar rítmicamente. Gracias a ella, el personal de la estancia pudo localizar a un Julián algo mareado y cubierto de polen, que juró que a partir de ese momento solo arrearía carritos de bebé en la ciudad.

De vuelta en la ciudad, Paz y Mía organizaron un "Té de Bienvenida" en el palacete para las damas de la sociedad porteña. Todo era elegancia y macitas de dulce de leche, hasta que una de las invitadas, una mujer que pasaba sus veranos en Nueva York, soltó un comentario venenoso.

—He oído que en Manhattan se comenta que una tal Martina Rossi ha estado preguntando por los movimientos bancarios de Selene en el sur... Dicen que tiene "amigos" en la aduana argentina.

Paz sintió un escalofrío. Miró a Oliver, que estaba en el jardín jugando con Bastian Justiniano, y decidió no decirle nada por ahora. No quería arruinar su paz recién recuperada. Se alejó hacia el despacho y llamó a Ethan.

—Ethan, necesito que investigues si Martina ha tenido contacto con alguien en Buenos Aires. No dejes que Oliver se entere... todavía.

Mientras el drama familiar crecía, Ethan y Alice vivían su propio idilio en un pequeño loft que habían alquilado cerca de la calle Florida, para que Alice pudiera pintar el pulso de la ciudad.

Alice estaba en una etapa de explosión creativa. Sus dibujos ya no eran solo de cuentos de hadas; ahora retrataba la melancolía del tango y la fuerza de las mujeres de su familia. —Ethan, siento que aquí mis colores tienen más peso —dijo ella, apoyando la cabeza en el hombro de su esposo mientras miraban el atardecer sobre los techos de Buenos Aires.

—Tú eres el equilibrio de esta familia, Alice —respondió Ethan, abrazándola—. Todos están corriendo tras contratos o escapando de fantasmas, pero tú... tú guardas la esencia. Por cierto, Juliette me ha pedido que revise los contratos de la nueva galería en San Telmo. Quieren que sea tuya.

Alice lo miró con los ojos empañados. Por fin, la niña tímida que dibujaba bajo el roble iba a tener su propio templo del arte en el corazón de Argentina.




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