Diseñando el Desastres

Los Amos de Casa de la Recoleta

La primera noche sin las chicas fue un desastre épico. Oliver intentaba cocinar una pasta "al dente" mientras Julián buscaba desesperadamente el peluche favorito de Artemisa. Ethan, que se había quedado para ayudar, trataba de explicarle a Bastian Justiniano que el perro del vecino no era un "león de la Patagonia".

—Julián, ¿por qué la gata me está mirando así? —preguntó Oliver, señalando a Missiu, que no le quitaba los ojos de encima desde la encimera. —Está juzgando tu salsa, Oliver. Sabe que le falta albahaca fresca —respondió Julián, sudando—. Nunca pensé que extrañaría tanto los antojos de churros de Mía a las tres de la mañana.

Mientras tanto, en un avión privado rumbo a Ciudad de México, Paz y Mía brindaban con agua mineral. —¿Crees que sobrevivan, Paz? —preguntó Mía, acariciando su panza de gemelas. —Tienen a Missiu. Si algo sale mal, ella los pondrá en fila antes del amanecer.

Con Paz y Mía ya volando hacia Ciudad de México, el palacete quedó bajo el mando de "Los Tres Mosqueteros del Desastre": Oliver, Julián y Ethan.

—Muy bien, plan de acción —dijo Oliver, tratando de sonar profesional—. Artemisa necesita su baño a las siete. Bastian Justiniano tiene que cenar su papilla de verduras. Y Missiu Leguau... bueno, ella se cuida sola.

—¿Seguro? —preguntó Julián, señalando a la siamesa—. Porque lleva diez minutos mirándome como si yo fuera un ratón de campo y ella una pantera de los Andes.

El caos comenzó cuando Leo Justiniano decidió que la papilla de verduras era mucho mejor como pintura para las cortinas de seda francesa, y Artemisa decidió seguir el ejemplo de Missiu e intentar escalar la estantería de la biblioteca para alcanzar un libro de arte.

—¡Julián, atrapa a la niña! ¡Ethan, limpia al niño! —gritaba Oliver mientras intentaba contestar una llamada urgente de México.

En medio del desorden de la cena, Missiu Leguau decidió que el ambiente era demasiado plebeyo para ella. Aprovechó que Ethan dejó abierta una ventana del balcón para ventilar el olor a papilla quemada y saltó hacia los techos de la Recoleta.

—¡Se fue! ¡La gata de Mía se ha escapado! —gritó Julián, entrando en pánico—. Si Mía vuelve y la gata no está, me pedirá el divorcio antes de bajar del avión.

Los tres hombres salieron al balcón y vieron a Missiu caminando con elegancia por la cornisa del edificio vecino, que resultaba ser la residencia oficial de un embajador europeo. La gata se sentó en el balcón del embajador, justo al lado de una bandera oficial, y empezó a lamerse las patas.

—Tenemos que entrar ahí —dijo Oliver—. Julián, tú eres el más ágil. Salta. —¡Ni loco! ¡Me van a arrestar por espionaje internacional!

Tuvieron que llamar al timbre del embajador a las once de la noche, con Oliver vestido en pijama de seda y Julián con una mancha de puré en la mejilla, explicando que su "madrina siamesa" había decidido pedir asilo diplomático. Por suerte, la esposa del embajador era fanática de los gatos y les devolvió a Missiu, no sin antes sacarles una foto que seguramente terminaría en los chismes de la embajada.




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