Diseñando el Desastres

El "Arte Contemporáneo" de Alice

El timbre sonó con la autoridad que solo una persona en el mundo posee. Juliette había llegado de sorpresa desde Ginebra, escoltada por dos asistentes y su aura de hierro. Entró en el gran salón justo cuando Julián intentaba ocultar los restos mal pegados de la estatuilla detrás de un jarrón de flores.

—¿Y mi "Ángel de Ginebra"? —preguntó Juliette, quitándose los guantes de seda—. Ese cristal es el alma de esta casa.

Oliver y Julián se quedaron mudos, pero Alice, con una calma angelical, dio un paso al frente sosteniendo un boceto.

—Abuela, no está en su sitio porque me he tomado el atrevimiento de "descomponerlo" —dijo Alice con una sonrisa dulce—. Estoy trabajando en una nueva serie de esculturas abstractas para la galería de San Telmo. He usado los fragmentos para estudiar cómo la luz de Buenos Aires atraviesa el cristal de los Ferrer. Es un proyecto sobre la resiliencia: la belleza que surge de lo que parece roto.

Juliette miró a Alice, luego a los fragmentos brillantes y finalmente a los hombres, que sudaban frío. —Resiliencia, ¿eh? —dijo la abuela con una ceja alzada—. Me parece una excusa poética para decir que alguien tropezó. Pero si el resultado es una obra de Alice, se lo perdonaré... por ahora.

Mientras las chicas celebraban el "arte" de Alice, Ethan llevó a Oliver al despacho. Su expresión era sombría mientras cerraba la puerta.

—Facundo Alvear firmó la renuncia, Oliver. Está fuera de juego en México —dijo Ethan, dejando un informe sobre la mesa—. Pero Isabella no se ha rendido. He confirmado que ha contratado a un investigador privado aquí en Buenos Aires, un exagente de inteligencia local.

—¿Qué busca? Ya no tiene nada legal contra nosotros —dijo Oliver, apretando los puños.

—Busca cualquier grieta en vuestra vida privada —advirtió Ethan—. Quiere fotos tuyas, de Paz, de los niños... quiere algo que pueda usar para crear un escándalo mediático que asuste a los inversores mexicanos antes de la inauguración. A partir de ahora, nadie sale del palacete sin escolta. Especialmente Bastian Justiniano y Artemisa.

En ese momento, Missiu Leguau, que se había colado en el despacho, soltó un maullido de alerta. La gata se acercó a la ventana que daba a la Plaza Francia y se quedó mirando fijamente a un coche negro aparcado frente a la mansión.




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