Para relajar la tensión, Mía decretó que esa noche habría asado en el jardín interno. —Y como nosotras ganamos en México y Alice nos salvó la vida con la abuela, ustedes tres —dijo señalando a Oliver, Julián y Ethan— van a encargarse de la parrilla. Queremos un asado de campo real.
Los hombres, que apenas sabían encender una hornalla, se enfrentaron al ritual argentino por excelencia. Julián compró carbón de más, Oliver intentó medir la temperatura de la carne con un termómetro láser profesional y Ethan buscaba tutoriales en YouTube.
—¡Julián, hay demasiado humo! ¡La gata está desapareciendo entre la niebla! —gritaba Oliver mientras intentaba rescatar unos chorizos que amenazaban con estallar.
—¡Es el "ahumado natural", Oliver! ¡A las niñas les va a encantar! —respondía Julián, con la cara negra de hollín.
Al final, la cena fue un éxito relativo gracias a que el cocinero de la mansión intervino en secreto. Comieron bajo las estrellas de la Recoleta, brindando por los éxitos y por la llegada de las gemelas.
En medio de las risas por el desastre de la parrilla, Ethan se levantó y tomó la mano de Alice. El jardín se quedó en silencio, solo roto por el suave ronroneo de Missiu Leguau, que descansaba sobre el regazo de Mía.
—Queremos compartir algo con todos —dijo Ethan, mirando a Alice con una ternura que rara vez mostraba en público—. Argentina nos ha dado algo que Nueva York nos negaba: paz. Por eso, hemos decidido que no volveremos a Manhattan después de la inauguración en México. Nos quedamos aquí, con vosotros. Alice va a abrir una academia de arte para niños en San Telmo y yo... yo abriré la delegación legal de Selene Global Sur de forma permanente.
Paz y Mía se levantaron para abrazarlos. La familia Thorne-Ferrer estaba echando raíces profundas en el sur del mundo, ajenos a que, desde el coche negro en la Plaza Francia, una cámara fotográfica capturaba el momento exacto de su felicidad.
Era una tarde soleada de otoño en Buenos Aires. Julián y Oliver llevaron a Artemisa y Bastian Justiniano a jugar a la Plaza Francia, justo enfrente del palacete. Aunque Ethan les había advertido sobre el investigador, la confianza del sol porteño los relajó.
Un hombre con gorra y cámara oculta en su chaqueta se acercó demasiado a los columpios, fingiendo leer un periódico mientras enfocaba directamente al hijo de Paz. Los guardias de seguridad de la familia estaban a unos metros, distraídos por un grupo de turistas.
Pero no contaban con la vigilancia siamesa. Missiu Leguau, que había salido de la mansión escondida en la parte baja del cochecito de Artemisa, detectó el olor a "extraño" y el movimiento sospechoso. Con un salto elástico, la gata aterrizó sobre el banco del hombre y, antes de que este pudiera reaccionar, le lanzó un zarpazo de advertencia a la mano que sostenía la cámara oculta.
—¡Maldito gato! —gritó el hombre, dejando caer el dispositivo.
Julián y Oliver se giraron al instante. Al ver la cámara y al hombre retrocediendo ante una Missiu erizada y bufante, comprendieron todo. Oliver lo interceptó antes de que pudiera huir. —Dile a Martina que en Argentina incluso los gatos saben reconocer a una rata —siseó Oliver mientras le arrebataba la tarjeta de memoria.
#128 en Novela contemporánea
#44 en Otros
#27 en Humor
novela romántica, comedia romance, comedia humor enredos aventuras romance
Editado: 12.05.2026