Diseñando el Desastres

Emergencia en el Caribe (Rumbo a México)

Con las pruebas del túnel en manos de la policía, la familia decidió que era el momento de dejar Buenos Aires y supervisar la obra del "Castillo" en México que exigió la abuela Juliette. Alquilaron un jet privado de largo alcance para acomodar a los niños, a las gemelas en camino y, por supuesto, a la indignada Missiu.

Sin embargo, a mitad del trayecto sobre el Caribe, una alerta en la cabina cambió los planes. —Señores, tenemos una descompresión menor en la bodega de carga. Debemos aterrizar de emergencia en la isla de Saint Barth —anunció el piloto.

—¡Es una señal! —exclamó Julián—. El destino quiere que descansemos de tanta intriga en una playa de arena blanca.

Al aterrizar, se encontraron con un paraíso de aguas turquesas, pero la sorpresa fue otra. Al bajar del avión, Missiu Leguau empezó a bufarle a un yate atracado en el muelle privado frente a la pista. En la popa del barco, con una copa en la mano y gafas de sol, estaba Arthur Vance, el socio de Martina.

—Parece que la "parada de emergencia" no fue tan accidental, Oliver —susurró Paz, apretando la mano de su marido—. Nos estaban esperando en el paraíso.

Arthur Vance bajó del yate con una sonrisa de tiburón. —Thorne, Ferrer... qué coincidencia encontrarlos en mi isla privada. Supongo que el avión decidió que necesitábamos tener esa "charla" pendiente sobre los contratos de México.

Julián dio un paso al frente, protegiendo a Mía y a la pequeña Artemisa. —Vance, si crees que vamos a negociar bajo presión en medio del Caribe, estás muy equivocado. Tenemos a la gata más peligrosa de Suiza y a dos abogados que no han dormido en tres días. No querrás molestarnos.

Missiu Leguau saltó del brazo de Mía y se sentó en la pasarela del yate, bloqueando el camino de Vance con una elegancia gélida. La tormenta legal se había trasladado de la ciudad a la playa, y la familia Ferrer-Thorne estaba a punto de demostrar que, incluso en vacaciones forzadas, nadie les quita su imperio.

Arthur Vance insistió en ofrecer una cena de "cortesía" en la cubierta de su yate, el Gilded Cage. Paz, con su instinto de loba de negocios, aceptó solo para ganar tiempo mientras los mecánicos revisaban el avión.

—Mantén a los niños en la villa con Alice, Oliver —susurró Paz—. Mía y yo iremos a ver qué quiere este tiburón.

Durante la cena, mientras Vance intentaba deslumbrarlas con champán de mil dólares y promesas de "paz corporativa", Paz dejó caer su servilleta. Al agacharse, notó algo extraño bajo la mesa de caoba: un receptor de señal satelital de alta frecuencia. Aprovechando un descuido de Vance, escaneó un código QR en la base del equipo con su anillo inteligente.

—Mía, no es una cena, es una transmisión —le susurró Paz al oído—. Martina está escuchando todo desde Nueva York en tiempo real. Este yate es una estación de espionaje flotante.

Mía, que no pierde la elegancia ni con contracciones leves, sonrió a la cámara oculta en el centro de mesa. —Espero que estés tomando notas, Martina. El color de este año es el verde esmeralda, justo el tono que se te va a quedar en la cara cuando perdáis México.




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