Como el Baby Shower de Buenos Aires quedó empañado por la intriga, Mía decidió tirar la casa por la ventana en México. El jardín se llenó de flores de cempasúchil, mesas con mantelería de Oaxaca y un grupo de mariachis que hacía vibrar el aire.
En medio de la fiesta, mientras Paz y Oliver bailaban un bolero romántico muy pegados ("Sabor a mí"), apareció un invitado que nadie esperaba. Un hombre elegante, de unos sesenta años, con el porte de los antiguos hacendados. Se presentó como Don Silvestre, un primo lejano de Luna (la madre biológica de Leo,Mía y Ethan).
—He venido porque Luna siempre dijo que su familia era de oro —dijo el hombre, entregándole a Mía un relicario antiguo—. Esto perteneció a la abuela de Luna. Es una llave de una antigua caja de seguridad en Veracruz. No quiero dinero, solo quería ver que los hijos de Luna estaban bien antes de partir.
El momento fue de una ternura inmensa. Mía lloró de emoción, y Julián la abrazó con fuerza, prometiendo que irían a Veracruz a descubrir ese último pedazo de su historia familiar.
Mientras la familia celebraba, Ethan estaba en una oficina de cristal en la Avenida Reforma, enfrentándose a un equipo de auditores enviados por Arthur Vance. Estaban intentando congelar los fondos del "Castillo" alegando irregularidades.
Fue una batalla de ocho horas. Ethan, impecable en su traje gris, desmontó cada argumento de Vance con una precisión quirúrgica. Al salir del edificio, victorioso y con los fondos liberados, se encontró con Alice, que lo esperaba en la acera con un pequeño ramo de margaritas.
—¿Ganaste? —preguntó ella con timidez. —No solo gané, Alice. Los he dejado sin argumentos para los próximos cinco años —respondió Ethan, soltando el maletín y tomándola por la cintura.
En medio del caos de la Ciudad de México, entre los coches y la gente que caminaba deprisa, Ethan besó a Alice con una pasión que detuvo el tiempo. —Gracias por ser mi ancla, Alice. Sin ti, este abogado solo sería un hombre amargado en un despacho.
Al caer la noche, con los niños dormidos y Missiu Leguau montando guardia en la puerta de la habitación de Artemisa, las tres parejas se reunieron en la terraza.
Oliver y Paz compartían una copa de tequila premium, mirando las luces de la ciudad. —Buenos Aires fue intenso, pero México tiene un fuego diferente, ¿verdad? —dijo Oliver, rodeando a Paz con sus brazos. —Es el fuego de los Ferrer, Oliver. Y ahora que las aguas se calmaron, prepárate, porque lo que viene será la aventura más grande: criar a esas gemelas en este palacio.
Se besaron bajo la luna mexicana, sabiendo que, aunque Isabella Rossi o Arthur Vance volvieran a atacar, ellos ya no eran solo un imperio de lujo; eran una familia blindada por el amor y un par de garras siamesas muy afiladas.
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Editado: 12.05.2026