Diseñando el Desastres

El Secreto de Veracruz (Cartas de un Amor Prohibido)

La familia viajó hacia el puerto de Veracruz, dejando atrás el bullicio del DF. Con la llave que les entregó Don Silvestre, Mía y Julián abrieron una vieja caja de seguridad en un banco que parecía detenido en el tiempo.

Dentro no había joyas ni lingotes, sino un fajo de cartas amarillentas atadas con un listón de seda azul. Eran las cartas de la abuela adoptiva de Luna y madre de Julliette. Al leerlas frente al mar, Mía rompió a llorar de emoción.

—Julián, escucha esto... —susurró Mía—. "El diseño de la cúpula que soñamos no es para una casa, es para un refugio de almas".

Las cartas revelaban que el concepto arquitectónico original de lo que hoy es Selene Global no nació en Suiza, sino en las costas de México, fruto de un romance prohibido entre la abuela de Luna y un joven arquitecto europeo. Juliette, la abuela adoptiva de Mia, solo había perfeccionado un sueño que ya corría por la sangre de Luna.

Julián abrazó a Mía mientras las olas rompían. —Tu familia siempre estuvo destinada a construir palacios, Mía. Estaba escrito en el mar mucho antes de que naciéramos.

Se besaron con la brisa salada en la cara, sintiendo que por fin el rompecabezas de su origen estaba completo.

Mía estaba decidida: —Las gemelas necesitan la energía del sol, Julián. No voy a dar a luz en una habitación cerrada sin que sientan la fuerza de México.

Julián, que ya visualizaba un parto en medio de la Calzada de los Muertos, casi entra en colapso. —¡Mía, por favor! Tienes una panza que parece el globo terráqueo. No puedes ni subir al coche sin ayuda, ¿cómo pretendes subir a una pirámide? ¡Es físicamente imposible!

Al final, llegaron a un acuerdo "estilo Selene Global". No hubo escaladas heroicas. La familia alquiló un globo aerostático de lujo que despegó al amanecer desde un helipuerto privado cercano.

Mía, cómodamente instalada en un sillón de terciopelo dentro de la canasta del globo, con Missiu Leguau sentada en su regazo (mirando las nubes con sospecha), sobrevoló la Pirámide del Sol a baja altura.

—Mira, Julián... —susurró Mía, mientras la luz dorada inundaba la canasta—. Estamos más alto que cualquier escalón.

Fue en ese momento, meciéndose suavemente sobre la historia de México, cuando Mía sintió el primer "latigazo". No fue una contracción de Braxton-Hicks. Fue la señal definitiva. —Julián... —dijo ella, cerrando los ojos con fuerza—. El sol ya les dio la bienvenida. Ahora diles a los pilotos que bajen... ¡YA!




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