Diseñando el Desastres

Aterrizaje y Escolta Real

El descenso del globo fue digno de una película de acción. Oliver y Ethan, que seguían al globo desde tierra en camionetas blindadas, prepararon la logística. En cuanto la canasta tocó suelo, un equipo de paramédicos (esta vez sí, uniformados y listos) ayudó a Mía a pasar a una ambulancia de última generación.

Julián corría de un lado a otro intentando meter el transportín de Missiu, el bolso de maternidad y un peluche de Artemisa en el vehículo. —¡Abran paso! ¡Vienen las herederas! —gritaba Julián a los turistas atónitos.

Llegaron al hospital de la Ciudad de México con una escolta de motociclistas que parecía la de un jefe de Estado. Mientras Mía entraba en la sala de partos, Paz tomó el mando en la sala de espera, organizando a la familia y asegurándose de que Martina Rossi (que seguía con sus planes de secuestro felino en la mansión) no tuviera ni una oportunidad de acercarse.

Tras unas horas de tensión, donde Julián casi se desmaya tres veces y Missiu Leguau montó guardia en la puerta de la zona restringida (desafiando a todas las enfermeras con la mirada), nacieron las gemelas.

Eran pequeñas, perfectas y con ese llanto fuerte que caracteriza a los Ferrer. Luna y Selene llegaron al mundo rodeadas de amor, lujo y la anécdota de haber "conquistado" Teotihuacán desde el cielo.

Oliver se acercó a Julián, que lloraba de alegría abrazado a un café frío. —Felicidades, papá. Ahora sí que tu vida va a ser un verdadero parque de atracciones.

Julián miró a sus tres hijas (contando a la pequeña Artemisa, que miraba a sus hermanitas con curiosidad) y luego a Mía. —Lo logramos, Mía. Somos una multitud. Pero somos la multitud más feliz del mundo.

Mía descansaba en la cama, radiante, con las gemelas Luna y Selene dormidas en sus cunas de cristal. Julián, con ojeras hasta las mejillas pero una sonrisa de oreja a oreja, no dejaba de mirar a sus tres hijas (incluyendo a la pequeña Artemisa, que dormía en un sofá cercano).

Oliver se acercó a su amigo y le dio una palmada en el hombro, con ese aire de superioridad juguetona que a veces le salía.

—Vaya, Julián... Tres niñas. Un ejército de vestidos rosas, dramas de adolescencia multiplicados por tres y, lo peor de todo, pretendientes —se burló Oliver con una carcajada—. Mi hijo, Bastian Justiniano, va a ser el rey. Va a tener un catálogo entero de novias para elegir entre tus hijas y las que vengan. ¡El linaje Thorne va a dominar el mundo mientras tú vigilas la puerta con una escopeta!

Julián refunfuñó, demasiado cansado para pelear. Pero Paz, que estaba apoyada en el marco de la ventana observando la escena con una sonrisa enigmática, decidió que era hora de bajarle los humos a su marido.

—No te emociones tanto con tu "ejército de novias", Oliver —dijo Paz con voz aterciopelada, acercándose a él—. Porque me temo que Leo va a tener que compartir su reinado... y tú vas a tener que aprender a limpiar escopetas también.

Oliver se quedó helado. —¿De qué hablas, Paz?

—Hablo de que llevo tres meses y medio ocultándote algo porque quería esperar a que pasara el caos de México y el parto de Mía —Paz tomó la mano de Oliver y la puso sobre su vientre, todavía plano bajo el vestido de seda—. Estoy embarazada, Oliver. Y es una niña.




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