Disonantes (autoconclusivo)

9.

Antes de salir del venue, Ira me presentó a los otros miembros de la banda e incluso nos tomamos una foto grupal. Ya la he subido a mis redes sociales, etiquetándolos y todo.

Mi celular no para de vibrar en el bolsillo de mi chaqueta, pero lo ignoro. Ira está viendo el menú para pedir.

—Yo quiero papas fritas —digo, capturando su atención—. Oh, no, no. No debo comer nada de eso hasta después de los premios. Una ensalada estará bien.

—Una ensalada ¿y qué más? —pregunta, inclinándose un poco en la mesa.

—Y un agua, eso bastará.

—Uno: eso no te quitará la borrachera y dos: eso no es una comida completa. Pide un filete o algo.

—Tengo una dieta estricta y no puedo…

—Por favor, dime que no eres el típico cliché andante de la bailarina con trastornos alimenticios —me interrumpe y yo cierro la boca—. Elise.

—No. No me salto comidas, ni me induzco el vómito —le aseguro—. Solo que… en estos momentos no puedo comer muchas cosas por la premiación. Necesito agilidad y eso lo da ser liviana como una pluma.

—Eso es una mierda —responde y yo frunzo el ceño—. Yo pediré por ti, ¿bien?

—Pero…

—Ya lo he decidido —me vuelve a interrumpir y yo me cruzo de brazos, desviando la mirada hacia otro lado con mi ceño arrugado—. Ah, ya volvió la niñita caprichosa.

—No me digas así, lo detesto —digo, dejando una mano sobre la mesa al verlo de nuevo—. No soy ninguna niñita, ni princesita, ni hija de papi y mami. Para empezar, ni siquiera tengo papá.

El silencio que le sigue a esa última oración me calienta las mejillas y la opresión en el pecho que aparece cuando hablo de mi padre me impide decir algo más. Ira cierra los ojos mientras suspira y cuando vuelve a verme siento que son… un poco más dulces.

—Déjame ordenar algo que sé que te va a gustar, Elise. Ya ingeriste alcohol, ya rompiste la dieta, ¿no? —señala, pero no ayuda en lo absoluto—. Por una noche que esto suceda no pasará nada. Todo estará bien.

—¿Estabas colocado? —pregunto, queriendo desviar la atención—. En el show.

—Un poco, pero he estado peor —responde y aplana los labios—. No estoy orgulloso de mi adicción, Elise, pero… ha sido difícil salir de allí. Especialmente con toda la presión que tengo con la banda y la fama.

—Uhm —respondo y juego con un hilo del mantel—. Me gustaría que lo dejaras, siento que eso podría salpicarme ahora que vamos a ser… “novios” y es perjudicial para mi carrera. Además, no es bueno para ti.

—¿Te preocupas por mí, princesita? —pregunta, recostándose del espaldar y me regala una sonrisa divertida.

—Como me preocuparía por cualquiera, Ira.

Su sonrisa se borra y no dice nada más. Ordena nuestra cena y cuando la sirven, lo miro con las cejas alzadas al ver las papas fritas y un buen filete con vegetales.

—Solo por hoy, Elise. El mundo no se va a acabar.

Afirmo con lentitud y empezamos a comer. Le hago preguntas sobre su vida que, seguramente deba saber para entrevistas y cosas así, y él me las devuelve. No me hace hablar de mi padre ni yo de las drogas, así que es un terreno neutral que nos gusta.

Le gustan artistas como Yungblud, Bad Omens, pero también bandas importantes del hard rock. Incluso dice que hay un par de frontmen que influenciaron su puesta en escena.

Le cuento cuando fui por primera vez a ver El Cascanueces con mi padre para ver a mi madre danzar. Ese recuerdo es muy preciado y sé que lo relato con lágrimas en los ojos, él me escucha con atención.

—De allí te gustó el ballet, supongo.

—El ballet ha estado presente en mi vida desde siempre, así que nunca pensé en algo más allá de eso. Es una industria un poco superficial y dañina, pero mi padre siempre me protegió hasta… hasta que murió hace diez años. Hay mucha envidia, mucha presión, son muy exigentes con todo y la competencia es insana.

—Pero no te ves haciendo otra cosa… ¿no?

—Exacto.

Vuelve a hacer ese gesto de limpiarme el contorno de los ojos con los dedos y yo parpadeo, un poco sorprendida de que lo haga de nuevo.

Para cuando he dejado el plato vacío, pienso que ya es hora de irnos. No obstante, Ira tiene otros planes cuando pide un postre. Me ofrece, pero yo me niego al fingir que ya estoy llena.

Cuando le traen el tiramisú, siento que se me hace agua la boca.

—¿Segura no quieres? ¿Ni siquiera probarlo?

«No lo arruines. No lo arruines. No lo arruines». No debo, no puedo. Ya fue demasiado con las papas fritas y el filete. ¡Y el licor! No puedo seguir así.

Niego con la cabeza y finjo una sonrisa, por lo que él mete la primera cucharada del postre a su boca. Hace un sonido de puro gusto y yo respiro hondo, pero el olor a café y chocolate me llega como una ola.

—Deberías al menos probarla. En serio, no sabes de lo que te estás perdiendo —vuelve a tentarme.

—Me sentiría muy mal si lo hago, Ira. Ya no puedo seguir rompiendo la dieta.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.