Disonantes (autoconclusivo)

11.

—Es mejor que te vayas, Elise. Le pediré a mi chofer que te lleve a casa —insiste el cantante y yo giro el rostro para verle, pero toda su atención está puesta sobre el hombre.

Sus ojos brillan en alerta, e incluso un poco de miedo. No sé si sea buena idea siquiera dejarlos solos…

—¿Seguro? Puedo quedarme y…

—No. Vete —me interrumpe.

La dureza en su voz me enfurece. Me sacudo de su agarre y paso junto al mayor, quien me mira con una sonrisa curiosa. Honestamente, ese señor no me da buena espina y siento que no debería dejarlos solos.

Pero Ira es un cabeza dura y yo todavía sigo con las emociones desbordadas bajo mi piel.

Una vez estoy fuera del hotel, un montón de fotógrafos se me lanzan encima y los escoltas de Ira interceden. Me cubro el rostro con los brazos, entrando con premura al coche y respiro hondo una vez estoy a solas.

El chofer acelera y le indico que me deje en el cementerio. Necesito visitar a mi padre.

Una vez me deja allí, hago el recorrido hasta llegar a su tumba y me dejo caer de rodillas. Mis lágrimas mojan la tierra y acaricio con mis dedos el relieve de su nombre en la lápida: Frank Beaumont.

—Me haces demasiada falta —musito y sorbo por la nariz—. ¿Por qué no me llevaste contigo, eh? Yo… a veces siento que no puedo más.

El sollozo que brota de mi garganta parece querer romperme en dos. Me cubro el rostro, agradeciendo estar sola en este momento.

—Ser la mejor es tan… agotador. ¿Por qué tengo que ser perfecta para que mamá me ame? ¿Por qué no me puede amar como me amabas tú?

***

—Todo va a salir fenomenal. Estoy emocionado de ser parte de este momento tan importante para ti y de viajar a Moscú, claro —comenta Keith, mi compañero de baile y yo le sonrío—. Nos vemos en el próximo ensayo.

Fuerzo una sonrisa y me despido con la mano, acercándome a la banca para quitarme las zapatillas. De nuevo, hay sangre manchando mis mallas y hago una mueca, las benditas ampollas causando estragos en mi piel.

—Pediré una cita con el quiropedista para que te trate esas heridas —informa mi madre. Por un segundo, se me había olvidado que estaba presente—. Keith necesita mejorar su seguridad alrededor de ti y tú… pareces un poco distraída.

—No, solo un poco… exhausta —murmuro, alzando el rostro—. ¿Crees que después de los premios podamos tomarnos unas vacaciones? Me encantaría visitar a mis abuelos en Francia.

—Tal vez —responde, escribiendo algo en su celular antes de salir del estudio.

Estoy segura de que ni siquiera me escuchó…

Busco mi celular, esperando respuesta del montón de mensajes que le he dejado a Ira desde que me fui del hotel hace ya dos semanas. Me responde los comentarios en las redes y ha subido fotos nuestras, pero no nos hemos visto ni dirigido la palabra fuera de la farsa.

Tengo que invitarlo a mi próxima presentación en el Lincoln Center, así que le dejo un último mensaje sobre ello y recordándole que debe ir como mi pareja. Lo lee, pero no dice nada y yo suelto un chillido de frustración.

Volvió el mismo Ira idiota que conocí hace ya un mes.

Mi celular vibra con un mensaje de Maxine y resuello una grosería, antes de escribirle a Ira e invitarle al concierto de mi amiga. El cual casi se me olvida por completo.

Me apresuro en arreglarme con la ropa que traje y en maquillarme un poco. Dimitri me espera fuera de la academia y le pido que me lleve al local donde Maxine y su banda se estarán presentando.

Una vez estoy allí, mi frustración se transforma en emoción al ver que tienen una buena fila esperando para verlas y me apresuro en buscarla en su camerino improvisado.

—¡Hay mucha gente afuera! —chillo, abrazándola—. Estará a reventar el lugar.

—¿En serio? ¿Eso crees? —pregunta, sonriendo con cierto nerviosismo—. ¿Y sí vendrá Ira?

Mi sonrisa se congela, pero finjo lo mejor que puedo.

—Le avisé, esperemos que su agenda no esté llena y pueda venir. Me dijo que buscaría la forma —miento y ella se restriega las manos, ansiosa—. Todo saldrá bien, ya verás. Ustedes son increíbles.

—Gracias por apoyarme siempre, Eli. Eres mi mejor amiga favorita —dice, abrazándome y yo le doy un zape cariñoso—. ¡Ay!

—Soy la única mejor amiga que tienes, tarada —le recuerdo y ella se ríe—. Te dejo, iré a buscar un buen asiento y a beberme un shot. ¡Siento que estoy más nerviosa que tú!

—No lo creo —dice, sentándose de nuevo.

—¡Rómpete una pierna! —exclamo, saliendo hacia la barra donde hay una buena vista hacia el escenario—. Me das un shot de tequila, por favor —le pido al barman.

Una vez me lo sirve, me lo empino y sacudo la cabeza. Arrugo la cara, pero la sensación que calma mis nervios me motiva a pedir un segundo.

—Las princesitas como tú no deberían beber alcohol.

Mi cuerpo entero se tensa y el corazón parece hacer una estúpida voltereta de cheerleader al escucharlo. Alzo el rostro cuando se recarga de la barra y me mira, alzando una ceja.




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