Su buzón está lleno de tantos mensajes de voz que le he dejado: gritándole, insultándolo, suplicándole… Jamás me había sentido tan patética.
No se supone que debía ser así, que me sintiera así. Debería estar feliz de librarme de un hombre que ha hecho del caos su marca personal, que ya sus problemas no me van a salpicar ni van a arruinar mi carrera.
Entonces, ¿por qué me siento tan miserable? Como si todo hubiese sido real, con el recuerdo de su boca sobre la mía y sus manos en mi cuerpo castigándome por haber sido tan estúpida.
Tan imbécil.
¿En qué momento la línea que separaba la realidad de lo fingido se volvió tan difusa?
Los rumores de nuestra ruptura han invadido toda la internet. Me ha llevado un par de días hacerlo, pero he terminado por archivar nuestras fotos de redes sociales y él ha hecho lo mismo poco después. O las ha eliminado de lleno, no lo sé.
He tratado de enfocarme en los ensayos, pero los mareos no han parado y sé que es porque no he estado comiendo bien. Lo peor de todo es que ni siquiera se debe a algo de mi presentación sino por la incertidumbre y el dolor de no saber nada de él.
Me duele ver cómo le ha sido tan fácil sacarme de su vida, como si nunca hubiese existido, y que a mí me cueste tanto.
—Necesito que comas.
El plato es dejado frente a mí con poca delicadeza. Alzo el rostro y mi madre arquea una ceja, frunciendo los labios.
—No sé en qué momento pensaste que abrirle las piernas a ese tipo era una buena idea, pero necesito que te enfoques —pide y se sienta junto a mí—. ¿Querías mi atención? La tienes. Si tengo que darte la comida en la boca, lo haré. Tú decides.
El pequeño duelo de miradas no perdura mucho, especialmente cuando sé que es una ridiculez hacerle lucha por esto, y termino metiéndome la primera cucharada de comida a la boca.
—¿Se puede saber qué sucedió?
—¿De verdad te interesa o es solo una forma de controlar cada aspecto de mi vida? —pregunto, encajando el tenedor en el pollo de mi plato.
—Quiero saber —me asegura.
Sopeso si decirle o no. Ira tiene todo lo que tiene que ver con… Oliver guardado bajo un cajón oculto y yo le prometí que no le diría a nadie.
—Apareció alguien de su vida que le ha estado molestando —resumo, volviendo mi atención al pollo—. Y como no quiere que eso me moleste a mí también… decidió que lo mejor era terminar con la farsa.
—¿Está en problemas legales?
—No lo sé —admito, encogiéndome de hombros—. Nunca quiso contarme mucho.
—¿No estás en peligro?
La forma en la que lo pregunta me hace mirarla. Sus ojos siguen duros, pero hay un tinte en su voz de genuino temor que no escuchaba desde hace mucho.
—No, madre. No lo estoy.
—¿Y él?
Hago una mueca.
—No tengo ni idea —respondo y me rasco la frente—. No quiero seguir hablando de él. No por los momentos.
—Me basta con saber que estás a salvo —dice.
Y como si eso fuese más dulce de lo que puede soportar, se levanta del comedor y me deja a solas.
—Yo también te quiero, mamá —ironizo y me meto otro trozo de pollo a la boca.
El timbre suena y yo me levanto para abrir la puerta, esperando encontrarme a alguien del otro lado. No obstante, lo que han dejado en el suelo me hiela la sangre y me acuclillo hacia la cesta con rosas negras.
Tiene una nota, así que me apresuro en tomarle foto con las rosas de fondo y se las mando a Ira.
“Tic toc… Tic toc
Mi paciencia no es eterna”
“¿Todavía crees que alejándome vas a protegerme?” le envío junto a la foto.
—Dimitri —llamo a mi chofer. Me levanto con la cesta pequeña en mano y se la entrego—. Deshazte de ellas, por favor.
Miro mi celular y ahogo una exclamación de frustración cuando no recibo respuesta del cantante.
—Ya me escucharás —murmuro para mí misma.
Mi celular empieza a vibrar sin parar y frunzo el ceño al ver que son notificaciones de las redes sociales. Las ignoro porque estoy cansada de ver sobre nuestra ruptura y posibles motivos de separación, pero es un mensaje de Maxine el que me muestra un video de Ira en una rueda de prensa.
—Señor Slate, ¿cómo sigue de salud la señorita Beaumont? Tenemos entendido que fue trasladada de emergencia a un hospital luego de su presentación en el Lincoln Center —pregunta un periodista.
—Y yo creí haber dejado claro que no pienso responder ninguna pregunta que la involucre a ella —masculla.
No luce muy bien y arrastra un poco las palabras. El delineado característico no evita que se noten sus ojeras y se ve un poco más delgado.
—Claro, es entendible. Los rumores dicen que terminaron porque ella le fue infiel con su compañero de baile, tal vez por eso no quiere verla ni en pintura.
#1141 en Novela romántica
#439 en Novela contemporánea
pasado oscuro y secretos, noviazgo falso, rockstar y bailarina
Editado: 31.03.2026