Disonantes (autoconclusivo)

18.

NARRA ELISE BEAUMONT

He terminado con la prueba de vestuario para la premiación, también he planificado todo para el viaje y organizado lo que llevaré. Cada vez falta menos y la ansiedad se acumula como un nudo de plomo en mi garganta.

Es un sueño, claro que lo es. Pero es un sueño que rápidamente se puede transformar en una pesadilla si no gano, si no le doy el trofeo a mi madre. Si no lo traigo a casa.

Es todo lo que se espera de mí y si no lo logro… Habré fallado estrepitosamente en el propósito de mi vida.

«Pero cero presiones… ¡Yay!», ironizo.

Tomo mis cosas, dispuesta a salir del estudio. Cuando abro la puerta, respingo al ver a una persona vestida completamente de negro frente a mí. Capucha, chaqueta, lentes de sol y… ¿pantalones de cuero?

Cuando el miedo deja de nublar mi visión, suelto el aire con alivio y le meto un puñetazo al hombre frente a mí.

—¿Es que eres idiota, Ira? —me quejo y él sonríe con cierta diversión, quitándose los lentes y mostrándome sus irises cristalinos—. ¿Qué haces aquí? ¿Alguien te vio entrar?

—¿Por qué te preocupa eso? —pregunta, ladeando la cabeza y da un paso al frente.

Yo retrocedo, sin estar lista para tanta cercanía de nuevo.

—Porque pensarán que volvimos si algún paparazi te reconoció —respondo, cruzándome de brazos.

Él se encoge de hombros, porque claramente no le importa.

—Vine a hablar contigo —anuncia—, pero no puedo prometerte que te contaré absolutamente todo, Eli. Lo que te diga hoy tiene que bastar.

—Pues no, no lo…

—No soy el único involucrado y hay cosas que no me corresponden a mí contar —me interrumpe, metiendo las manos en sus bolsillos—. Así que esto es lo que puedo ofrecerte.

—Por ahora —advierto, alzando una ceja.

—Puede ser.

Miro a mi alrededor, respirando hondo. Supongo que un estudio lleno de luces y espejos por doquier es un buen ambiente para hablar de los fantasmas del pasado.

—Bien —cedo, dejando caer mi bolso y camino hasta estar frente a una de las paredes con espejos y me siento. Le hago una seña y él me imita, sus rodillas peligrosamente cerca de rozar las mías—. ¿Y bien?

—No crecí con privilegios —empieza y hace una mueca—. Dios sabe que no. Mi madre trabajaba en una biblioteca, mi padre era conserje en una universidad. Soy hijo único, así que crecí un poco… solo.

»Mi papá detestaba con su vida ver a los riquillos de su trabajo, los envidiaba. Quería esa vida para nosotros, para él y terminó metiéndose con la gente equivocada. Un día llegó a casa y me compró mi primera guitarra eléctrica buena. Era hermosa, un sueño hecho realidad… que arruinó en cuanto empezó a tomar y a drogarse.

Desvía la mirada en la última oración, arrugando apenas el entrecejo. Puedo notar como se encoge levemente en su sitio y creo que es porque se avergüenza de compartir eso con su padre. De tener los mismos vicios que él.

—Ahí empezó tu deseo de hacer música, ¿cierto? —murmuro, llevando mi mano a la suya y tratando de llevarlo a un buen recuerdo. Él afirma con la cabeza y forma una mueca que no llega a ser sonrisa del todo—. ¿Qué más?

—Eso no fue lo peor, realmente. A veces tenía días buenos, nos llenaba de regalos o nos llevaba a comer a sitios buenos. No elegantes, pero mucho mejores a los que solíamos frecuentar —continúa—. Lo peor llegó cuando le empezó a gritar a mamá. Ella estaba preocupada, no entendía de dónde venía el dinero ni por qué papá ya no usaba el uniforme de conserje sino ropas más llamativas. Las peleas fueron subiendo de tono, especialmente cuando llegaba drogado y con ganas de coger.

—Ira…

—Los golpes vinieron después. Yo muchas veces me metí en el medio y la defendí, llevando palizas también —continua—. Pero ya sabes, su instinto maternal la llevó a protegerme. Era mi escudo humano, me pedía que me encerrara en el baño o en mi habitación.

—¿Qué sucedió con tu madre y con tu padre?

—Mi padre murió y mi madre… Está en un lugar seguro —admite, haciendo una mueca.

—Cole sabe tu verdadero nombre, ¿cierto? Una vez los escuché hablando sobre un hombre que mantenías escondido y… No fue mi intención, en serio, pero fue inevitable. Estaban discutiendo —aclaro.

—Sí. Solo tú y él lo saben.

—¿Por qué lo sabe?

—Realmente, su nombre es Cameron Cox. Él es… hermano de mi madre y, da la casualidad, que también era un agente musical que se estaba abriendo camino acá en Estados Unidos en aquel momento. Cuando mi padre muere, él vuelve a Inglaterra a por nosotros.

—Nuevo país, nuevo nombre —murmuro—. El pasado atrás… Y entonces, ¿quién es el señor que te fue a ver hace unas semanas? Le tenías miedo, Ira.

—Su nombre es Viktor y era el jefe de mi padre, o algo parecido. Solo sé que mi padre le debía mucho dinero y yo le pagué lo que pude. Con Cole, mientras todavía vivíamos en Bradford, buscábamos toques y nos fuimos haciendo bastante populares en el barrio. Así conocí a los chicos y nació Zero Manners.




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