Disonantes (autoconclusivo)

20.

Mi cerebro parece apagarse cuando estoy danzando, aun en un momento tan importante como este. El frío que me causan los nervios se disipa en cuanto la música empieza y mi cerebro parece pasar un switch, apagando cada pensamiento pesimista.

El corazón me late a prisa y con fuerza, mis músculos arden y mis pulmones me gritan por oxígeno. Fluir como una pluma es algo que los bailarines aprendemos tanto que debe ser automático.

Claro está que la tarima del teatro es un reto porque es inclinada, como los teatros de antaño. Pero si estoy nominada a un Benois es porque estoy a la altura. Porque dejo mi alma, cuerpo y corazón en el escenario cuando bailo.

Una vez mi presentación termina, los vítores no tardan en llegar y sonrío. Por supuesto, Maxine y Ira hacen un escándalo de silbidos y gritos de festejo que alteran a mi madre, pero que a mí me hace reír.

Cuando me bajo de la tarima, soy más consciente del sudor, de mi respiración agitada y de mi corazón a punto de explotar. Inmediatamente, busco algo de beber y me refresco con una botella de agua.

Es hora de la premiación. El vestido midi, estilo años 50, que llevo es precioso: con un escote palabra de honor en forma de corazón, el corpiño drapeado y una falda circular de gran volumen debido a las capas. Tiene estampado un motivo de flores hortensias de acuarela difuminadas con azul cerúleo, lavanda y blanco.

Mi estilista me hace un recogido elegante y estoy lista para volver a mi asiento y ver a las demás premiaciones hasta que, en unos minutos, den los resultados.

Cuando ese momento llega, mi madre está que se come los dedos de las manos por la ansiedad y yo le apretujo la mano a Ira cuando sacan el sobre a Mejor Bailarina.

—Me abrazas cuando te nombren —murmura mi madre, fingiendo una sonrisa.

Aprieto los labios y miro a Maxine, que está sentada junto a mi madre. Me hace la señal del rock y yo no puedo evitar reírme.

—Y la ganadora como Mejor Bailarina de los Benois de la danse 2026 es…

El nudo se me sube a la garganta y siento que en cualquier momento voy a vomitar. Son solo tres segundos de suspenso, pero mi mente me acribilla con un eco que me apretuja el estómago: «¿Y si no gano? ¿Y si no gano? ¿Y si no gano?».

—¡Li Hung!

La porcelana, que creí me protegía desde siempre, se rompe. No obstante, aún con la vista nublada, aplaudo mientras finjo mi mejor sonrisa. Mi madre no hace ni un gesto y el terror de su reacción me causa una sensación de hundimiento en el estómago.

Ira aplaude, pero acerca su rostro a mi oído y murmura palabras que mi cerebro no procesa. Lo siento besarme la cabeza antes de enderezarse y yo observo a la japonesa subir y recibir el premio de la mano de la ganadora del año pasado.

Sé que es difícil ganarle a un asiático y el solo hecho de estar nominada cuando una bailarina de ese continente también lo ha estado significa que estoy muy cerca de esa altura, pero la voz en mi cabeza solo me grita: LO ARRUINASTE. LO ARRUINASTE TODO.

Y esa voz suena exactamente como la de mi mamá.

Una vez pasan a la siguiente categoría, me levanto para ir al baño y sé que hay una fila de personas siguiéndome y a una de ellas en específico estoy huyéndole. Me llaman, pero los ignoro y las lágrimas empiezan a caer.

Me resguardo en el camerino, escuchando los golpes en la puerta y las voces de Max, Ira, Keith… y de Violet.

—Ábreme ahora mismo, Elise Beaumont.

—¡Se está escondiendo de usted, bruja! —gruñe Maxine—. Sabe que va a culparla por esto, cuando ya estar aquí es un puto logro.

—¡A mí me hablas con respeto, mocosa desubicada!

—¡Este no es el lugar ni el momento para esta discusión! —exclama Keith.

—Se largan todos —ordena Ira, la autoridad filtrándose en su voz de una forma que hace que hasta yo me paralice en mi lugar—. Yo lidiaré con Elise.

—Todavía no entiendo ni siquiera qué haces aquí. El noviazgo de ustedes se terminó y ni siquiera era…

—No es de tu incumbencia —interrumpe a mi madre y yo siento que el vestido empieza a sofocarme, por lo que lucho con las tiras traseras del corsé para quitármelo—. Vete y déjame a mí lidiar con tu hija, porque tú no sirves como madre. Ella en estos momentos no necesita a su agente.

Hay un silencio mientras yo gruño por no poder quitarme el vestido.

—Tú también, Max. Sé que eres como su hermana, pero necesito estar seguro de que está bien y luego podrás pasar si me pide que me vaya —le asegura él y escucho pasos alejándose.

—¡Jodida porquería! —grito, tirando con fuerza justo cuando la puerta se abre. No logro ubicar a Ira porque tengo la vista emborronada, pero alzo el rostro y grito, o lloro o sollozo. No sé qué sale de mí cuando le suplico—: Por favor, quítamelo. Quítamelo. No puedo… re-respirar.

Él cierra la puerta y se acerca a mí en zancadas rápidas. Me da la vuelta y rompe las tiras, haciéndome jadear. Me apresuro en quitarme el vestido y estoy por tirarme al suelo a llorar cuando él me ataja y se acuclilla conmigo.

—Le fallé, Ira. Le fallé —lloriqueo, mojando su camisa con mis lágrimas mientras él me abraza contra su pecho—. ¿Por qué? ¿Por qué nunca puedo ser suficiente? ¿Qué hay de malo en mí?




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