Una vez me tranquilicé, Ira se tuvo que ir de vuelta a Nueva York ya que se había escapado para venir a la premiación. Todavía siento ganas de llorar, pero Max me sostiene la mano con fuerza y me acaricia el cabello de vez en cuando en el camino hacia el hotel.
Mi madre no ha dicho ni una sola palabra, tampoco me ha mirado a la cara. No sé si ese detalle es lo que me hace sentir al borde de un abismo, esperando que explote y me recrimine por ser una perdedora.
Por hacerla perder el tiempo, por arruinarlo todo y por fallarle. Por no haberme esforzado más.
—¿Estás segura de que no quieres que me quede? —pregunta Max, una vez estamos frente a la puerta de la habitación.
—Es lo mejor. Ya tu cancelaste tu habitación y no tendrías dónde dormir acá —le recuerdo y ella se encoge de hombros—. Sé que eso no te importa, pero a mí sí.
—Solo estoy a un piso de diferencia. Solo basta con que llames o grites y vendré corriendo, ¿bien? —me asegura, acariciando mis hombros.
—No será necesario, en serio. Por favor, descansa. Nos toca un vuelo largo mañana —le recuerdo y ella afirma con la cabeza, no muy convencida.
Una vez mi madre y yo estamos a solas, siento que el peso del silencio me aplasta el pecho y me impide respirar. Me encierro en el baño, viendo mi reflejo como si fuera otra persona.
Me mojo el rostro y tomo una toalla, restregándola con fuerza para quitarme el maquillaje. Este se me riega y mancha mi piel, enrojecida y lastimada por la tela áspera. Me quito las horquetas del cabello con desespero, tirando de las hebras con poca delicadeza.
Las lágrimas han empapado mis mejillas y ahora el reflejo muestra a la verdadera Elise. Al desastre que he ocultado durante años con porcelana perfecta.
—Elise.
Dejo de respirar cuando escucho su voz. Abro el lavabo para lavarme el rostro y quitar cualquier deje de vulnerabilidad que mi madre pueda usar en mi contra.
—Ya salgo —respondo, esta vez limpiando mi rostro con jabón desmaquillante y pasando con cuidado la toalla. Me han quedado algunas rojeces pequeñas, pero nada del otro mundo.
Nada que el maquillaje no pueda cubrir, como siempre.
Una vez me armo de valor y salgo, la veo sentada en la cama y de espaldas a mí. Me mira de reojo, sin decir nada y yo me enderezo, caminando con lentitud. Me siento como un pedazo de carne atrapado en la jaula de un tigre, esperando a que deje de jugar y me coma de un bocado de una vez por todas.
Me detengo frente a ella y llevo mis manos atrás.
—Lo siento, mamá…
—No, yo necesito hablar primero —me interrumpe, alzando la mano—. Admito que… no he sido la mejor persona del mundo, que te he exigido demasiado y que no he sido tu madre desde mucho antes del accidente.
Se remueve en su lugar, sin poder siquiera mirarme a los ojos.
—La primera vez que me dijiste que querías ser bailarina porque me admirabas… Ay, Elise, no tienes ni idea de la ilusión que me hizo. Nunca pensé en meterte en este mundo si no era tu decisión, pero el saber que tú y yo tendríamos una pasión en común me hizo la madre más feliz del mundo. Sentía tanto orgullo con cada paso que dabas, cada aspecto que mejorabas y como poco a poco te fuiste transformando en una prodigio. Porque eso veía en ti: una bailarina excepcional, talentosa. Una maestrísima. Sabía que llegarías incluso mucho más lejos que yo.
»Y tal vez eso me empezó a cegar un poco. Por eso, a medida que fuiste creciendo, empecé a exigirte más. Porque sabía que podías, que ibas a superar cada obstáculo. Porque tenía la tonta idea de que un carbón se transforma en diamante por la presión y sí, es así. Pero tú nunca fuiste un carbón, hija. Desde que naciste, fueras bailarina o no, tú ya eras un diamante.
Las lágrimas nos empapan las mejillas a ambas y siento que el corazón me aletea cuando me toma de la mano, dándome un apretón cariñoso.
—Y el accidente… Cuando supe que no podría volver a bailar, que perdí a tu padre y que casi te pierdo a ti… —Hace una pausa y con la mano libre se limpia las mejillas—. Creo que mi corazón se endureció cuando supe que yo misma me había arrebatado la dicha de compartir algo tan especial contigo. Por eso puse todos mis sueños, mis inseguridades y mis propias autoexigencias sobre tus hombros cuando tú ya tenías demasiado peso con las tuyas y con el dolor de haber perdido a tu padre.
—Mamá…
—Hoy, cuando te escuché en el camerino, que sentías que no podías respirar… —Respira hondo antes de seguir—. Mi mente me llevó al día en el que me dijeron que no podía seguir danzando. También sentí que no podía respirar, que el mundo se había acabado y que yo no tenía ningún otro propósito. También recordé cuando supe que tu padre había fallecido: la culpa que sentí, el dolor que me desgarraba por dentro y cómo sentía que mi corazón se partía en dos.
»Y entonces, el cantante te habló, te calmó y te dijo cosas que seguramente tu padre te hubiese dicho en un momento como este. Lo que me hubiese dicho a mí de estar vivo cuando supe que la lesión me había perjudicado la carrera. Lo extraño mucho y creo que el no tener su calor junto a mí a diario, como lo habíamos planeado, me enfrió como mujer, como madre y como ser humano. Y le he estado dando vueltas a todo esto de camino al hotel, he navegado en lo más profundo de mi interior para comprender todo lo que he hecho mal, pero también para descubrir y decirte que te amo y que para mí ya eres una ganadora, Elise.
#1141 en Novela romántica
#439 en Novela contemporánea
pasado oscuro y secretos, noviazgo falso, rockstar y bailarina
Editado: 31.03.2026