NARRA IRA SLATE
Me hubiese encantado entregarle yo mismo el collar, ya que planeaba dárselo después de la premiación. No obstante, cuando perdió la premiación y perdió el control de sí misma, supe que no era el momento.
Pude haber esperado a que llegara a Nueva York, pero era importante que tuviera el collar.
¿Lo habrá encontrado ya? ¿Por qué no me ha escrito? Ya debe de estar en la ciudad. ¿O todavía estará muy triste para hablar con cualquiera? ¿No le alegró ni un poquito el obsequio?
Aprieto con firmeza el dije de mi collar: una bailarina clásica bañada en oro. Así como yo quiero que sepa que la cuido siempre cuando mire su collar, yo la siento conmigo cuando miro el mío.
No quiero comerme la cabeza con Elise, quiero darle su espacio, así que marco el número de mi madre y ella contesta al segundo tono.
Marco el número de mi madre y escucho su voz al segundo tono.
—Hijo —saluda y sonrío sin poderlo evitar—. Qué bueno es escucharte. ¿Cómo va todo?
La sonrisa se me borra y aprieto los labios. Recuerdo a Eli diciéndome que ser ignorantes del peligro no es estar protegidos y suspiro antes de hablar.
—No muy bien —admito—. Viktor ha vuelto, pero era algo que tarde o temprano sucedería.
—Ay por Dios, Oli. ¿Estás bien? ¿Cómo te está cuidando Cameron? —pregunta, la preocupándose tiñendo su voz—. Y yo sin poder estar contigo precisamente por ese monstruo.
—Estoy bien, mamá. Y sí, Cameron me cuida bien. No te preocupes —respondo, sentándome frente al escritorio de Cole—. Lo mejor es que sigas en donde sea que estés, al menos mientras nos encargamos de él.
—Es que ese es el problema, Oliver. Nunca debiste ser tú quién se encargara de las cosas —su voz se quiebra y yo descanso la cabeza del respaldar, cerrando los ojos—. Ni de tu padre, ni de su deuda y ahora menos de su pasado. Mucho menos debiste ir al reformatorio por algo que…
—Ya hemos hablado de eso antes, mamá. Las cosas sucedieron así y al final todo terminó saliendo bien y así será cuando nos encarguemos de la escoria de Viktor. Lo prometo —le digo—. Te estaré informando todo, ¿sí? Pronto volveremos a vernos, mamá. Te amo.
—Y yo a ti, hijo. No tienes idea de cuánto te echo de menos —responde.
La llamada termina y la princesita vuelve a mi cabeza. Quiero llamarla, saber cómo van las cosas con su madre y cómo se siente. No resisto el impulso y lo hago, pero me manda directo a buzón.
Intento dos, tres veces más y mascullo por lo bajo ante el mismo resultado. Marco el número de Maxine y ella contesta casi de inmediato.
—Hey, ¿cómo estás? ¿Cómo está Eli?
—Precisamente por eso te llamo, Max. Estoy tratando de comunicarme con ella y su celular parece apagado. ¿Cómo la viste? ¿Sigue triste por…?
—Espera, espera. ¿Eli no está contigo? —pregunta.
—No, ¿por qué debería? ¿Te dijo que vendría?
—Cuando llegamos al aeropuerto había un coche y un chofer esperándola. Escuché claramente cuando le dijo que querías verla —dice y el vértigo me anuda el estómago—. Se subió al carro, hace horas que debería estar contigo, Ira.
—¿H-horas?
—Joder, si no se fue contigo, ¿en dónde está? ¿Quién era entonces ese tipo? —pregunta Max, su voz empezando a temblar—. ¿Qué carajos está sucediendo, Ira?
Mi celular vibra con un mensaje y la sangre se me hiela al ver una foto de Elise atada a una silla, con manchas de sangre en su camisa y rostro. La nariz está hinchada y tiene los ojos cerrados, la cabeza cayéndole hacia un lado.
—¡Ira! ¡Ira! ¿Quién se llevó a Elise, joder?
—É-él la tiene —balbuceo, un pitido metiéndose por mis oídos y anulando cualquier sonido exterior—. Viktor la tiene.
Sé que Maxine sigue hablando cuando le cuelgo y dejo caer el celular antes de bajar las escaleras hacia la cocina. Siento que mi cuerpo es una gelatina y que podría estar corriendo más rápido, pero no puedo. Como si mis extremidades fueran de cemento y no pudieran acatar las órdenes de mi cerebro.
—¡Cole! ¡Cole! —grito y él se asoma, con u vaso de whisky en la mano y cara de preocupación—. Es Viktor. Tiene a Elise, ¡la tiene!
—Ya mismo llamaré a mi contacto en la policía —dice, sacando su celular y yo le muestro la foto—. Mierda.
—No hay tiempo. Tenemos que actuar ya —digo, llevando mi mano libre entre mi cabello, aunque el cuerpo entero me tiembla.
—Hay que pensar con cabeza fría, Ira. Está lastimada, pero está viva y a eso nos vamos a aferrar. La vamos a rescatar de esto, te lo aseguro.
—Me pidió diez millones de dólares en efectivo. Hablaré con el banco para…
—No le vamos a dar ni un centavo.
—¡Elise está en peligro! ¡Le daría todo mi puto dinero con tal de rescatarla, joder! —exclamo, llevando mis manos al cuello de su camisa—. ¡Todo lo que tengo y hasta lo que no! ¿Entiendes? Así que iré por el jodido dinero. Me va a llamar para dárselo, lo sé. Tiene que llamar.
—Probablemente te pida más —me recuerda—. Y, además, ¿crees que con eso te va a dejar ir? Serás su nueva mina de oro, Ira. Famoso, con muchas fuentes de ingresos. Te va a transformar en su puto cajero automático o en una puta lavadora. No va a haber manera de que te libres de él solo entregándole los diez millones.
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Editado: 31.03.2026