Disonantes (autoconclusivo)

23.

NARRA ELISE BEAUMONT

No sé cuántos días han pasado. En este galpón apenas se ven unos rayos de sol.

La nariz me duele todavía, pero al menos no parece tan amoratada como cuando desperté la primera vez. Me han alimentado a base de emparedados, huevos duros y agua e ir al baño es una tortura. Una muy humillante.

No he podido escuchar la voz de Ira, pero sé que ya sabe de mi secuestro. Viktor se pasea a mi alrededor, observándome como si fuera un tigre enjaulado y yo ya tengo las muñecas maltratadas de tanto intentar librarme de las sogas.

No me he bañado, sigo con sangre seca en mi rostro y no huelo muy agradable que digamos.

—Tengo… —Carraspeo, sintiendo la garganta seca pues hace horas que no me dan agua—. Tengo entendido que tienes mucho dinero, Viktor. Que tienes… tus negocios prósperos.

Me mira, sentándose frente a mí.

—¿Qué son diez millones de dólares para ti? —pregunto y él alza la esquina de su boca.

—No es una cuestión de dinero, chiquilla. Es una cuestión de palabra —responde, jugando con sus manos—. Él me aseguró que iba a pagarme la deuda de su padre y no lo cumplió. Pensó que podía jugar conmigo, huir, inventarse un nombre nuevo y dejarme en el pasado. Llámame como quieras, pero tengo honor y si tienes una deuda, la pagas.

—La deuda no es de él —respondo y él alza una ceja, sonriendo con cierta soberbia.

—En mi mundo, las deudas se heredan —dice, apoyando los codos en sus rodillas e inclinándose hacia mí—. Y por culpa de Oliver, su padre no pudo terminar de pagarme.

—¿Algún día lo haría? ¿O su deuda incrementaba y te convenía poder usarlo como un juguete? —pregunto, ladeando la cabeza.

—Eres lista, chiquilla. Te concedo eso —responde, señalándome.

—¿Por qué dices que fue su culpa? —pregunto, inclinándome yo—. Que su padre no te pagara.

Sus ojos brillan con lo que, a mi parecer, es entendimiento. Se acaricia los labios y luego los aprieta antes de levantarse hacia la mesa con botellas de agua. Sirve un poco en un vaso de plástico y le mete una canulilla, luego se acerca a mí y lo pega en mis labios.

—Bebe —ordena.

Lo hago porque estoy sedienta. El agua me refresca de inmediato e incluso me estremece.

—No piensas dejarlo ir —murmuro, siendo yo quien descubre una revelación—. A Oliver. Ahora que es famoso… te sirve como señuelo, como cajero automático, como tapadera para tus negocios sucios. Los diez millones realmente no te importan, te importa lo que representa: una mancha en su reputación.

—Y control —admite, alejando el vaso de mi rostro—. Muy lista, chiquilla. Muy lista,

No va a haber intercambio. «Hazte a la idea de que no sales viva de esta, Elise».

Él se aleja y se pierde de mi vista, por lo que dejo caer la cabeza hacia adelante y cierro los ojos. Mi respiración se agita y trato de regularme, pero es difícil. Entonces el dije dorado de la guitarra brilla y recuerdo la nota.

«Significa que siempre estoy cuidándote y que te amo».

***

Me despertaron, me soltaron de la silla y me arrojaron a una camioneta con ventanas polarizadas. Desde que abrí los ojos siento el corazón en la garganta y que me estremezco.

Si me están moviendo de lugar es porque Ira consiguió el dinero, porque van a hacer el intercambio. O al menos eso cree él.

—¿Estás lista para reencontrarte con tu amorcito, chiquilla? —pregunta Viktor, sentado junto a mí.

—¿De qué me va a servir? Si luego me vas a matar —murmuro, mirándolo.

Él acaricia mi mejilla y chasquea la lengua en negativa.

—Me sirves más viva que muerta, chiquilla. Créeme —me asegura.

El carro se detiene luego de largas horas de trayecto. Miro hacia el frente, encontrándome con Ira a unos metros. No veo bien su rostro, pero luce tenso y tiene un par de maletines en sus manos.

Viktor se baja y me toma del brazo, bajándome con tanta brusquedad que trastabillo. Me quejo por la presión de su brazo en mi piel, el sol molestando mis retinas luego de tantos días a oscuras.

—Lo prometido es deuda, Viktor. Entrégamela y toma el dinero, lárgate de mi vida de una vez por todas —habla Ira.

Mis ojos se llenan de lágrimas cuando por fin puedo enfocarlo, aunque no dura mucho. Está pálido, ojeroso y sus ojos azules están llenos de terror. Lo sabe, sabe que este no es el fin.

Sabe que Viktor no piensa dejarlo ir.

—Fausto, busca el dinero —le ordena a su guarura—. Y revisa que todo esté bien.

El gorila y su compañero caminan hasta Ira. Mi corazón se estremece al ver cómo lo apuntan con armas mientras el tal Fausto revisa las maletas y cuenta las fajas de billetes de cien dólares.

—¿Sabes, Oliver? —pregunta Viktor, mirándome y acariciando mi mejilla—. Tengo grandes planes para nosotros. Voy a necesitarte para unos negocios importantes que tengo.

—No pienso ayudarte con nada, hijo de puta —dice, dando un paso y ganándose un golpe en la boca con el culo de la pistola.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.