NARRA ELISE BEAUMONT
“DEL REFORMARIO A LOS ESCENARIOS: EL PASADO OSCURO DE IRA SLATE, VOCALISTA DE ZERO MANNERS”
“OLIVER HARRISON: EL PASADO JUDICIAL DEL CANTANTE DE ROCK, IRA SLATE”
Necesito que alguien me pellizque y me diga que nada de lo que estoy leyendo es verdad, que no pude ser tan estúpida como para enamorarme de alguien que tiene las manos manchadas de sangre.
Busco y busco información. Fuentes confiables sin parar, que alguna me diga que no es verdad lo que dicen los medios, pero la verdad está afuera y es esa: Ira asesinó a su propio padre.
«Y no me lo dijo».
Sé que su padre era un maltratador y entiendo que en defensa propia haya cometido tal acto, tal vez en una subida de adrenalina, en un momento de desespero. Pero ¿por qué ocultármelo? ¿Hasta cuándo va a seguir escondiéndome cosas?
¿Cómo puedo saber qué es verdad y qué es mentira?
Cuando el timbre suena, mis entrañas parecen estrujarse hacia dentro. Me llevo las piernas al pecho y las abrazo, descansando mi barbilla sobre ellas y escucho la voz de mi madre. Suena alterada.
—Si no te vas, voy a llamar a la policía.
Me erizo por completo, pues sé que se trata de él.
—Necesito hablar con ella —suplica—. Señora Beaumont, necesito que sepa lo que sucedió.
—Ella no quiere hablar contigo en estos momentos. Nunca debí aceptar el trato de tu tío, fue un error dejar que entraras en su vida.
Me encojo todavía más, sintiendo que sus palabras duelen. Yo también creí que era un error al principio… hasta que me enamoré.
Me enamoré de una puta mentira.
—No quiero que a ella la asocien contigo. Vete y no atraigas la atención para acá —ordena ella—. Vete, Ira, Oliver… como sea que te llames.
La puerta se cierra y yo oculto el rostro entre mis piernas, mojando mi pijama con mis lágrimas. Necesito un poco de distancia, necesito sentir que puedo confiar en lo que tiene para decir.
Un par de horas después, el timbre vuelve a sonar y mi mamá masculla algo por lo bajo. Abre la puerta y lo que está por decir queda a medias, pero escucho una segunda voz femenina que no reconozco. Excepto por el acento: habla igual que Ira.
Me enderezo en mi lugar y limpio mis lágrimas antes de acercarme, escuchando tras un muro.
—Sé que no me conoce. Mi nombre es Daisy Cox y necesito conversar con su hija. ¿Es usted Violet Beaumont?
—Sí, pero sigo sin saber quién es usted.
—Soy la madre de Ira.
Mi mamá está por pedirle que se vaya también, pero mis pasos capturan la atención de ambas. Me detengo frente a la puerta y la observo, a simple vista no parece su madre porque está teñida de rubio; son sus ojos los que la delatan.
—Señora Cox.
—Elise —dice, relajando los hombros—. Por favor, ¿me das cinco minutos de tu tiempo? No pido nada más.
Miro a mi madre, pero ella parece dejar esa decisión en mis manos sin importar si está de acuerdo o no. Vuelvo a posar mis ojos en los de la rubia frente a mí, verdes como los de su hijo y doy un ligero asentimiento con la cabeza.
—¿Nos dejas a solas, mamá? —La miro y ella hace una mueca—. Por favor.
—Iré por un café —murmura y luego mira a la señora Cox—. ¿Usted quiere uno?
—No, solo voy de paso. Como comprenderá, me muero por ver a mi hijo después de once años a distancia.
«Once años». De los cuales cuatro estuvo en prisión.
Tomamos asiento en el sofá de la sala de estar y nos quedamos en silencio por unos minutos. Ella me mira y yo solo juego con mis dedos, sin saber si todavía quiero escuchar algo más sobre lo que sucedió. Pero esta mujer vino a mí, a ver a una completa desconocida, antes que correr hacia su hijo que tiene once años sin ver y que la necesita.
No puedo evitar preguntarme por qué.
—Sé lo que su esposo le hacía —murmuro, rompiendo el silencio. La escucho retener la respiración—. Ira… Oliver me lo contó cuando Viktor empezó a usarme como advertencia.
—¿Qué más te dijo?
—Solo me dijo que cuando su padre murió, la deuda cayó sobre él…
«Y yo de estúpida no le pregunté cómo murió su padre».
—Nada más —culmino, volviendo a llevar mis piernas al pecho y a abrazarlas. Alzo la mirada, encontrándome con su rostro. Tiene la boca fruncida hacia un lado y un brillo indescifrable en sus ojos—. ¿Qué sucede?
—Puedo ver por qué se enamoró de ti —responde, sonriendo apenas—. Tienes los ojos más expresivos que he visto nunca: tienes una bondad inmensa. Creo que te volviste la calma en su tormenta.
—Y él terminó siendo el huracán que arrasó con la calma —murmuro, ladeando la cabeza.
Ella suspira y sacude la cabeza, levantándose para sentarse junto a mí.
—Lo amas, ¿no es así? Puedo verlo en tus ojos, eres como un libro abierto —admite, llevando su mano a la mía que descansa sobre mi rodilla—. Oliver siempre se ha usado de escudo para proteger a los que ama. Es una buena cualidad, pero también es un arma de doble filo, ¿sabes? Él se lleva todos los golpes y cuando ya no puede proteger lo que ama… el huracán termina consumiéndolo a él.
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Editado: 31.03.2026