Disonantes (autoconclusivo)

26.

Hay un montón de periodistas y paparazis fuera de la quinta de Cole. Me gritan, pidiéndome detalles y declaraciones, pero los ignoro. El cordón de seguridad evita que se abalancen sobre nosotras.

Asesinato. Muerte. Padre. Asesino. Mentiroso. Palabras que extraigo de todas las cosas que dicen los periodistas y que trato de borrar de mi mente. Aprieto las manos en puños, siento que algo arde en mi estómago.

La puerta se abre y Cole suspira cuando nos ve, metiéndonos de inmediato a la casa. No me da tiempo ni de mirar nuestro alrededor porque me enternece como ambos hermanos se abrazan después de tanto tiempo sin verse.

—Querida, necesitas sol. Tantos años en Finlandia te han puesto demasiado pálida.

—Yo también te extrañé, idiota —responde ella, haciéndome sonreír—. Gracias por cuidarlo tan bien, Cameron. En serio.

—No digas tonterías. Más bien, si hubiese sabido…

—No vayas por ahí. Estoy cansada de que nos ahoguemos en culpa y el difunto bien enterrado y sin arrepentimientos. Se acabó —lo interrumpe, hablando firmeza.

Cole me mira y yo uno mis manos al frente, encogiéndome de hombros.

—Se pondrá muy contento de verlas —dice, mirándome—. Tiene rato encerrado en su habitación. Ya me estaba empezando a preocupar.

—Yo creo que debería ir usted primero —le digo—. Es importante que sea un momento para ustedes dos.

Daisy está por negarse, pero sacudo la cabeza y ella sonríe.

—Tienes carácter. Creo que esa otra razón por la cual se enamoró de ti —dice, haciéndome sonrojar y luego la veo desaparecer hacia la habitación de Ira.

—Gracias por venir. Sé que fue a tu casa, aunque le dije que era una puta locura que saliera… Llegó devastado, pero sé que le gustará verte —dice Cole y yo me cruzo de brazos, encogiéndome en mi lugar.

—Ayudó que Daisy me contara la verdad.

No pretendo sonar tan mordaz, pero lo hago y alzo una ceja. Cole suelta el aire entre dientes y eleva la esquina de su boca, alzando las manos en rendición.

—Culpable —admite—, pero quiero que sepas que ni siquiera los chicos de la banda lo sabían. No sabían nada…

—Ni siquiera su verdadero nombre —culmino por él—. Lo sé.

—Cuando propuse que tuvieran una relación falsa, en lo absoluto fue porque ustedes podían “vender”, aunque sí —asegura—. Es porque sentí que vi el futuro, Elise. Te vi junto a él y supe que tú lo acompañarías en su proceso de sanación, de perdón… de liberación.

—Él también me acompañó en mi proceso —murmuro y miro hacia el pasillo, por donde Daisy desapareció, al escuchar pasos.

—No quiero salir, mamá. Podemos quedarnos en el cuarto todo el día, ¿sí?

—Tengo una sorpresa para ti —escucho la voz de Daisy.

Cole y yo nos miramos. Él alza las cejas y yo lleno mis pulmones de todo el oxígeno que puedo antes de que Ira aparezca, rodeando los hombros de su madre con una mano y se paralice al verme.

—Elise…

El asombro lo deja sin palabras. Ninguno de los dos sabe qué hacer, él porque todavía está procesando que estoy aquí luego de ignorarlo deliberadamente por casi una semana y yo porque estoy procesando lo que siento al verle.

Está ojeroso y parece que ha envejecido un poco en menos de una semana. Luce exhausto, irritado, roto. Su pasado, el que tanto se ha esforzado en dejar atrás, lo persigue sin tregua y ahora todo el mundo tiene acceso.

Ahora todo el mundo puede opinar, criticar, investigar, sacar sus propias conclusiones o teorías.

—Se lo conté todo, Ira —murmura su madre y me mira, sonriendo.

—¿Qué…?

—Sí. Lo sé todo —admito, sintiendo mi voz un poco rasposa—. Y, honestamente, sigo un poco dolida de que no hayas confiado en mí. De que no me dijeras la verdad con todas sus tintas.

—Eli, no se trata de ti… —dice, pero Cole lo interrumpe.

—Ustedes necesitan estar solos y yo necesito estar un rato con mi hermana. ¿Vamos, Daisy?

La mujer afirma con la cabeza y le da un beso en el hombro a su hijo antes de desaparecer hacia algún lugar, dejándonos completamente solos de nuevo. Carraspeo, removiéndome en mi lugar.

—Ven, hablaremos mejor en la oficina de Cole.

Nos adentramos al lugar y tomo asiento. Ira se detiene frente a mí, del otro lado del escritorio y luego suspira. Me sirve un vaso de agua y yo bebo, tragándome el nudo que me asfixiaba.

—¿Sabes? Creo que nunca te conté algo importante sobre mí —inicio yo, removiéndome en mi lugar—. Venía de una competencia infantil muy importante de ballet. Estaba mi mamá y mi papá, él iba de conductor y yo atrás con una medalla de segundo lugar guindando en mi cuello y un ramo pequeño de margaritas. Creo que esa fue la primera vez que sentí que algo tan insignificante pesara tanto sobre mis hombros. La bendita medalla era liviana, pero el segundo lugar me lastimaba. Fue la primera vez que sentí que le fallaba a mis padres, especialmente a mi madre.

»Iban discutiendo, como casi siempre desde que cumplí nueve años. Mi papá le pedía que no me exigiera tanto, que solo era una niña. —Me limpio la esquina del ojo al sentir una lágrima—. Mi madre decía que me exigía porque así aprendió ella y que desperdició su tiempo preparándome porque no obtuve el primer lugar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.