NARRA IRA SLATE
El segundo momento que más me preocupaba ha llegado: contarle todo a la banda. Y ahora que Elise sabe realmente la verdad, ellos también deberán conocerla. Prometí que no más secretos.
El mundo que piense de mí lo que le dé la gana, pero la gente que quiero tiene que saber la verdad con todas sus tintas. Lo aprendí con mi niñita.
Durante todos estos años hemos dicho que somos una familia, pero la forma en la que me miran me da a entender que no vienen como mis hermanos. La palabra traición casi brilla en sus frentes.
—Chicos…
—¿Estamos hablando con Ira o con…? ¿Cómo es que te llamas realmente? Ah, sí: Oliver —ironiza Tony, el baterista.
—La pregunta sería… ¿con el cantante o con el asesino? —agrega Ritz, cruzándose de brazos. Él es el bajista.
Aprieto los labios, desviando la mirada.
—¿Sabes qué es lo peor de todo, Ira? Digo, Oliver —se corrige Jax, el guitarrista secundario—. Que, si nos los hubieses contado, no estaríamos tan furiosos. Se supone que somos una familia, ¿no? ¿No es eso lo que decimos siempre antes de una gran presentación, de una premiación, de un momento importante?
—¿Cómo sabemos que lo que decías era en serio si siempre nos ocultaste cosas? —pregunta Ritz—. ¿Cómo sabemos que realmente nos viste como hermanos en algún momento?
—Lo son. Son mis hermanos —les aseguro, frunciendo ligeramente el ceño al mirarlos—. Pero no quería salpicarlos con esto.
—Pues creo que eres un idiota. ¿Acaso no has escuchado la frase: la verdad siempre termina saliendo a la luz? —ironiza Jax, dando un paso hacía mí—. Nos lo vas a contar todo, Ira. Ya mismo.
Los miro a cada uno, llenos de decisión y también molestos. Me restriego el rostro con las manos y les señalo los sofás.
—La historia es larga. Tomen asiento —les digo.
Se miran entre ellos, pero se sientan dispuestos a escucharme. Yo respiro hondo y les cuento todo lo que viví desde que papá empezó a trabajar para Viktor, notando las sorpresas en sus rostros y cómo la dureza con la que llegaron se empieza a ablandar.
El recuerdo de aquella noche todavía me persigue, me causa pesadillas. Papá había llegado de “trabajar” hasta arriba de coca y alcohol, buscando a mi madre. No obstante, ella estaba cansada del oficio del día y todavía tenía algunos moretones en el cuerpo, así que puso resistencia y eso alteró a mi padre como si de una bomba se tratase.
Mi madre me miró y yo sabía lo que aquellos ojos me pedían, así que subí las escaleras hacia el baño y me encerré. Allí fue cuando me di cuenta de que me faltaban los audífonos, pues mi madre me los regaló para que escuchara música en momentos como ese. Ozzy Osbourne no estaba para acompañarme esa vez, tampoco la voz rasposa de Steven Tyler.
Así que cerré los ojos y me cubrí los oídos. Escuché los gritos, los golpes, los insultos. Me recargué de la puerta del baño y me arrastré hasta el suelo, llevando mis piernas al pecho. Las lágrimas me empapaban el rostro y aunque me tapaba los oídos, el ruido exterior se colaba.
La paliza que le estaba dando se escuchaba más brutal que otras veces y yo sentí el impulso de ir y defender a mi madre. Aunque ella me suplicara que no lo hiciera, que le dejara ser, yo quería defenderla. Quería librarnos del monstruo.
Así que bajé corriendo y escuché sonidos ahogados. Me paralicé cuando vi a mi padre ahorcando a mi madre y como ella estaba poniéndose roja, con las venas marcadas en su frente.
Tomé un cuchillo, sin pensar muy bien lo que iba a hacer, pero dispuesto a hacerlo. No obstante, las piernas me temblaban tanto que me caí y el cuchillo se me resbaló, capturando la atención de mi padre.
Él se levantó, tambaleándose y con los ojos oscuros. Caminó hacia mí con poca firmeza y una sonrisa sádica en el rostro.
—¿Qué pensabas hacer, ah? ¿Pensabas matar a tu propio padre, Oliver? ¿Ah, mocoso de mierda? —gritó, mientras yo me arrastraba hacia atrás.
Cerré los ojos, esperando el golpe. Sin embargo, lo que escuché fue un grito. Mejor dicho: varios.
Cuando abrí los ojos, mi madre gritaba mientras apuñaleaba a mi padre y él cayó frente a mí, gritando de dolor también. No conté las puñaladas, pero sí había sangre salpicando a mi madre, manchando el suelo y arrastrándose hacía mí.
Cuando mi padre dejó de moverse, me levanté corriendo y mi madre me abrazó.
—Se acabó, se acabó. Lo siento tanto, hijo. Lo siento tanto —murmuró, besándome la cabeza. Me estaba llenando de sangre, pero no me importó—. Se acabó.
—Me costó convencerla, pero era lo mejor. Yo asumí la culpa, aunque ella igual seguía confesando que era ella. Yo fui más convincente y pensaron que ella estaba en un brote emocional, desesperada por librarme del reformatorio —les cuento, volviendo a la realidad—. Y así pagué cuatro años por la muerte de mi padre. Y luego… los conocí a ustedes, lo demás ya lo conocen.
—Joder, Ira. Que digo, Oliver… ¡Mierda, hombre! —exclama Ritz, restregándose la cabeza.
No puedo evitar reírme, sabiendo que les es difícil saber cómo llamarme.
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Editado: 03.04.2026