Disonantes (autoconclusivo)

28.

NARRA ELISE BEAUMONT

Ira está de un lado a otro, caminando como un león enjaulado. Digamos que su madre y yo le tendimos una trampa y ahora está encerrado conmigo, viendo a su madre dar una entrevista internacional para decir la verdad. Al fin.

—Ni siquiera me lo consultó, Elise. ¡No me parece que esté bien! No quiero eso para ella —exclama, llevándose las manos al cabello.

—Ira, mírame —le pido, deteniéndome frente a él y llevando mis manos a sus mejillas—. ¿Te acuerdas cuando me contaste tu vida en el estudio? Dijiste algo que necesitas recordar hoy: había cosas que no te correspondían contar. Pues, ahora comprendo que tenías razón. Le corresponden a tu madre y lo está haciendo, porque tarde o temprano la verdad siempre sale a la luz.

—Pero no quiero que se exponga…

—Tu mamá es una mujer fuerte, va a poder con lo que sea siempre y cuando te tenga a su lado —le aseguro y él suspira, recargando su frente de la mía.

—¿Quiere dejarles algún mensaje a los televidentes, señora Cox? —se escucha de fondo, en la televisión.

—Va a sonar trillado, pero siempre váyanse a la primera. No esperen al golpe o a la amenaza de muerte, no sean ingenuas como yo, que esperé durante años que mi esposo cambiara y eso no sucedió —habla Daisy, por lo que Ira y yo nos sentamos frente al televisor y nos tomamos de la mano—. Sé que lo que hice estuvo mal y pude haber evitado mancharme las manos de sangre si me hubiese marchado al primer grito, al primer insulto, a la primera noche que llegó borracho, o que me golpeó o que abusó de mí. Así que… siempre vete a la primera y denuncia.

Ira recarga la cabeza del respaldo y suspira. Observo su perfil y me percato de las lágrimas retenidas en las esquinas de sus ojos. Lo rodeo con mis brazos y lo siento respirar hondo, hasta que su celular vibra con fuerza contra la mesita frente a nosotros.

—Es mi abogado —dice, frunciendo el ceño.

—¿Qué? ¿Por qué? Ponlo en altavoz —le pido y él contesta, obedeciéndome.

—Señor Harrison, ¿cómo está? Le llamo para informarle que su caso ha sido revisado de nuevo en Inglaterra —informa. Ira y yo nos miramos, sin saber qué significa eso—. El Tribunal de Apelación ha declarado su condena como insegura. La han anulado esta mañana, Oliver.

—No entiendo, ¿qué quiere decir eso? —pregunta, acariciándose la frente.

—Que estás limpio, muchacho. No tienes nada en el expediente, como si nunca estuviste en el reformatorio —explica y yo me cubro la boca, sonriendo—. Habrá compensación económica, por supuesto, pero… En estos momentos sé que no se trata de eso.

—¿Estás seguro? ¿Por qué de repente…?

—¿No lo sabes? Tu madre entregó hace meses una declaración formal a las autoridades británicas y eso hizo que el caso se reabriera. Se revisaron todas las pruebas y determinaron que fue en defensa propia y, como no hay interés público, cerraron el caso. Ninguno de los dos tiene cargos —explica y Ira me observa, aunque yo también estoy sorprendida—. Te enviaré toda la documentación legal a tu correo, pero… Eres un hombre sin mancha, Oliver Harrison.

La llamada culmina y Oliver revisa su correo, leyendo con rapidez el documento. Luego me mira y sonríe, dejando salir las lágrimas que estaba reteniendo desde que vio a su madre salir en la televisión.

No aguanto más y lo abrazo, rodeando su cuello con mis brazos y enroscándome en su cintura con mis piernas. Lo sorprendo, pero me sostiene y se ríe en mi oído, contagiándome.

—Todo acabó, Elise —me dice, llevando una mano a mi mejilla.

—No, Oliver —respondo, dándole un pico en los labios—. Es un nuevo comienzo, esto apenas es el inicio de una vida feliz. Al fin.

Y lo beso. Con algo de torpeza, me acepta y lleva de nuevo su mano a mis piernas para acomodarme. Terminamos cayendo en el sofá y nos reímos en medio del beso.

—Quiero que sepas una última cosa, niñita —me dice, separándose un poco y entre jadeos—. Entraré a rehabilitación. Si estoy limpio judicialmente, también quiero estarlo de adicciones y traumas. Haré terapia y dejaré todo lo malo atrás.

—¿En serio? —pregunto, acariciando su barbilla como índice—. Yo también iniciaré terapia, especialmente por mi problema con la comida y para sanar mi relación con mi madre al completo.

Oliver sonríe y me observa, sus ojos moviéndose por todo mi rostro.

—Te amo tanto, Elise Beaumont.

—No creo que más de lo que yo te amo a ti, Oliver Harrison.

***

Observo el boleto de ida y vuelta a Francia y suspiro, volviendo a mirar a mi madre.

—Así que sí me escuchaste —murmuro y ella sonríe con cierta culpabilidad—. Me parece bien. Ira va a estar internado en el centro de rehabilitación y solo serán un par de semanas.

—Ya conversé con tus abuelos. Están encantados de recibirte —dice, dándome un apretón cariñoso en la rodilla—. Por cierto, quería conversar contigo de algo importante.

—Te escucho, mamá.

—Es que no sé si quieres que yo… uhm, siga siendo tu agente —murmura, desviando la mirada—. No he sido la mejor en mi trabajo todos estos años, así que comprendería que no…




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