Disonantes (autoconclusivo)

Epílogo.

2 años después…

—Y el Grammys a mejor álbum de rock es para…

Jodido silencio de tensión, estoy que me como los dedos porque ya uñas no me quedan. Sostengo la mano de Ira, apretujándosela con firmeza y él también parece estar al borde de un colapso.

—¡Zero Manners! —exclama la presentadora.

Los gritos de júbilos no se hacen esperar. Ira me toma de las mejillas y me da un beso que no me parece apto para todo público, pero yo me dejo porque el corazón me aletea con una emoción que no sentía desde que a Oliver le dieron el alta en el centro de rehabilitación.

Los muchachos se abalanzan entre ellos y se abrazan, diciendo groserías a diestra y siniestra por la emoción. Bajan hasta el escenario y reciben el premio, dejando que sea Ira quien dé el discurso.

—¡Joder! ¿Cómo empiezo esto? —dice, llevándose una mano al cabello y haciéndonos reír a todos—. Hace casi quince años, un adolescente de Bradford se encerraba en el baño porque su padre golpeaba a su madre. Se sentía impotente y un completo cobarde por no defenderla. Durante esos momentos tan oscuros, Ozzy Osbourne, Aerosmith, Linkin Park llegaron a su vida como un medio de desahogo y, gracias al rock, ese adolescente dejó de sentirse completamente loco y perdido. Incluso estando en una cárcel juvenil. Luego llegaron las oportunidades, la fama y unos compañeros de banda increíbles, pero también llegó la adicción a las drogas y el alcoholismo.

»Y entonces, la vida me envió un ángel vestida de bailarina. Parecía frágil, perfecta, ingenua y yo no sabía lo equivocado que estaba. Elise, amor mío, llegaste a mi vida para poner orden y para llenarme de luz después de tantos años a oscuras con el monstruo en mi cabeza. Lo espantaste, lo venciste y ahora estoy reconciliado con el pequeño Oliver y con la estrella Ira.

Mis ojos se llenan de lágrimas y le lanzo besos, modulando un te amo tras otro que lo hacen sonreír.

—En rehabilitación siento que no solo me sané a mí mismo, sino que encontré a Dios. No sé cómo explicarlo, es raro —dice, riéndose un poco—. Y sé que este premio es muy importante, pero… el premio mayor lo tengo en casa, esperándome todos los días y recibiéndome con los besos más deliciosos del mundo. Y esa eres tú, Elise. ¿Puede subir? Necesito que suba aquí conmigo, por favor —pide, mirando hacia los organizadores del evento.

Me congelo, no lo niego, pero un joven de protocolo me guía hasta el escenario y me paro junto a Ira, sonriendo llena de nervios. Es extraño ser el centro de atención en un momento que es suyo.

—No quiero dar por sentado lo nuestro jamás, Elise —dice, sosteniendo el dije de bailarina de su collar con una mano y luego lo suelta, tendiéndole el premio a Ritz—. Y hoy quiero pedirte el premio más grande que podría ganarme en la vida entera.

—Oliver… —murmuro, sintiendo que el estómago se me anuda.

—¿Me harías el grandísimo honor de convertirte en mi esposa y compartir nuestras vidas hasta nuestros últimos suspiros?

Llevo una mano a mi boca cuando se arrodilla y saca una caja de terciopelo azul, con un anillo precioso. Es un diseño solitario, así que toda mi atención va al diamante incrustado en el aro de oro. Es… precioso.

—Por supuesto que acepto —respondo y él sonríe, colocándome el anillo que encaja a la perfección y se levanta para besarme frente a todos los miembros de la premiación y artistas.

Me da una vuelta en el aire y me rio. Cuando me deja en el suelo, se acerca al micrófono y grita:

—¡Larga vida al rock! No a las drogas ni al alcohol, sí al amor y a la monogamia. ¡Dios los bendiga! —culmina y nos bajamos corriendo del escenario.

Sin embargo, no volvemos a nuestros asientos. Seguimos corriendo hasta salir del anfiteatro y nos detenemos en el primer sitio a oscuras que vemos. Ira me acorrala contra la pared y me besa, llevando una mano a mi pierna y la enrosca en su cintura.

La boca me arde por la intensidad del ósculo, pero nada podría importarme menos en este momento. Hasta que me empiezo a reír, tal vez un poco atontada por el alcohol que he ingerido esta noche.

—¿Qué? ¿De qué te ríes, princesa?

—Si no hubieses ganado… ¿igual me hubieses pedido ser tu esposa? —pregunto.

—Por supuesto, solo que en otro momento. Pero sí esta misma noche —me asegura—. Yo sabía que ya era un ganador esta noche, solo si tú decías que sí, Elise. No por los Grammys.

—Yo también gané hace mucho, entonces. Y no por los Benois —respondo, acariciando su mejilla—. Sino por ti, Oliver. El mejor regalo que la vida me ha dado, la más bonita… disonancia.

Él sonríe todavía más y ladea la cabeza.

—¿Sabes lo que es una disonancia, no? —pregunta—. Acordes no consonantes que generan tensión.

—Dime tú, ¿cuándo nos ha faltado tensión? —pregunto yo, haciéndolo reír—. Para muchos será un sonido desagradable, para mí es un recurso precioso si es bien implementado. Y nosotros, Oliver, somos disonantes perfectos.

—Tienes absolutamente toda la razón, futura señora Slate —dice, acercándose a mis labios.

No obstante, yo me alejo.




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