Domando Fieras (desde otra Perspectiva)

Capítulo 1: Cebana

Capítulo 1: Cebana

Cebana, el pueblo de las hermosas praderas, conocido por sus atardeceres deslumbrantes y sus aguas puras y cristalinas. El año era 1850, y el pueblo era tranquilo, en progreso y próspero.

En el centro del pueblo se encontraban la posada, el burdel local, la taberna, el colmado, la iglesia, la alcaldía, la herrería, la oficina de telegramas y, claramente, los rieles del tren. Al ser un pueblo tan avanzado, Cebana recibía muchas visitas de pueblos limítrofes y viajeros en busca de descanso antes de continuar con sus largos trayectos.

El burdel, la taberna, el colmado y la posada eran propiedad de la familia Gustamante. Ellos se habían establecido en ese pueblo hacía años y, con sus recursos, habían contribuido a hacer de Cebana un lugar próspero.

Luis Gustamante, el viejo, era muy admirado y querido por todos. Si no hubiera sido por sus negocios y por lo que había aportado a Cebana, el pueblo no estaría donde estaba en ese momento. Lamentablemente, durante la última epidemia que azotó el pueblo, un buen médico no se incorporó a tiempo y Luis fue una de las pérdidas en esa lucha. Esta pérdida alteró la dinámica en la casa Gustamante. David Gustamante, conocido como el Gitano, único hijo de la pareja, tuvo que asumir las riendas y convertirse en el hombre de la casa a los apenas 20 años.

La carga era grande, pero el Gitano estaba más que preparado para afrontarla. Su padre lo había preparado bien para este momento. Sin embargo, su temperamento, que ya era bastante fuerte, se volvió aún más complicado, haciendo que ninguna mujer en el pueblo quisiera entablar una relación con él. Al Gitano realmente no le importaba, ya que tenía suficiente con la carga de los negocios y el hogar.

Doña María, su madre, se sentía desconcertada, ya que el Gitano estaba en edad de casarse y desear una familia. Sin embargo, conocía bien a su hijo y no quería presionarlo, aunque le dolía ver cuánto se esforzaba por permanecer solo.

—Pensé que ya no venías a comer.

—Estaba bastante ocupado.

Azucena le sirve al Gitano, y Doña María se sienta un rato a hacerle compañía.

—¿Y Esmeralda?

—Me imagino que está en el mercado buscando manzanas —le responde Doña María con seriedad.

—No estará con el criadito…

—Ella me pidió permiso, así que está en su derecho —le dice Doña María, visiblemente molesta.

No bien terminó de hablar María, Esmeralda entra con Martín y se sientan en una de las mesas disponibles en la posada. Desde donde él está en la cocina, el Gitano los puede ver y, al instante, pierde el apetito. Verlos juntos le provoca una profunda ira y a veces siente que está a punto de perder la paciencia.

—No me puedo quedar mucho. Mis patrones quieren que los ayude con unas cosas. Además, no quiero encontrarme con el Gitano.

—Estoy segura de que ya no está por aquí.

—Deberías venir esta tarde a merendar a la casa, después de que termines tus obligaciones.

—Me parece una buena idea. Voy a ver cómo me escapo del Gitano —le dice Esmeralda, sonriendo.

Diez minutos después, el Gitano se acerca a la mesa donde están ambos. Esmeralda lo mira con desdén y Martín con miedo.

—Creo que te has tomado un descanso muy largo.

—Doña María me dio permiso.

—Me importa un demonio. Ve a tus tareas y deja de perder el tiempo —le dice el Gitano, de mala manera y con tono autoritario.

Esmeralda se levanta de su asiento, lo mira de nuevo con ira y se dirige a la cocina para ayudar a Doña María.

—¡Qué caballero! Esmeralda no es uno de tus caballos para que la trates así.

—Hazme el favor de irte antes de que me colmes la paciencia —le dice con molestia y amenaza en su tono.

Martín sabía mejor que enfrentarse al Gitano y simplemente sale de la posada. Esmeralda espera a que el Gitano se aleje antes de volver a trabajar en la cocina. Había días en que el Gitano le perturbaba la paz. Desde hacía dos años que estaba en la casa Gustamante, había enfrentado muchos retos y dificultades.

Esmeralda acabó en la casa de los Gustamante por un cruel giro del destino. Aunque creía que su vida sería en el burdel, al menos la asignaron a la casa. Su contrato con el Gitano era por muchos años y el resentimiento que sentía era inmenso.

Se sentía como una prisionera que no podía descansar detrás de las rejas, aunque las diferencias seguían siendo pocas.

Al terminar todas las tareas del día, Esmeralda decidió hablar con Doña María en lugar de con el Gitano. Durante esos dos años, había desarrollado un gran cariño por Doña María. Quedarse huérfana a los 18 años había sido demasiado y Doña María representaba el amor paternal que tanto anhelaba.

—¿Puedo ir un rato a la casa de los García?

María la miró con seriedad y, después de unos segundos, sonrió.

—Ve, pero no llegues tarde.

—Te lo prometo.

Esmeralda salió contenta rumbo a casa de los García. Martín la recibió con alegría y se sentaron en la cocina a conversar y compartir una merienda. Desde que Esmeralda llegó a Cebana, Martín había sido su mejor amigo, y a ambos les encantaba pasar tiempo juntos. Se sentía sola y las pocas amistades que tenía en Cebana ayudaban a llevar su carga con un poco menos de dolor.




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