Capítulo 3: Libertad
La noche anterior, la casa de los Gustamante había pasado en vela. Carlos llegó a la casa de las praderas y, al darse cuenta de que Gitano no había vuelto, sospechó que algo había sucedido en las cercanías del río. La noche estaba cayendo y era Luna Nueva, lo que hacía que salir con hombres a buscar a Gitano fuera peligroso para todos. Así que decidió esperar hasta el amanecer; definitivamente, era lo más prudente. Nadie había podido dormir: ni los hombres de Gitano, ni Doña María, ni Azucena. Todos compartían una profunda preocupación.
—Tienes que intentar dormir algo —insistió Azucena, viendo la ansiedad en el rostro de Doña María.
—No voy a poder. ¿Y si les pasó algo? —respondió ella, angustiada.
—El Gitano conoce esos lares muy bien. Ten fe en tu hijo.
—Este pueblo siempre ha sido muy tranquilo. No entiendo qué le pudo haber sucedido a Esmeralda. Si realmente le pasa algo, David no va a poder sobrellevarlo.
—Creo que todos lo sabemos. Me encantaría que dejaran de ser obstinados y, por fin, se dieran la oportunidad —dijo Azucena, deseando que su deseo se hiciera realidad.
Doña María sonrió ante el comentario de Azucena, pero sabía que estaban lejos de ese ideal.
—Sabes que deseo exactamente lo mismo, pero estoy convencida de que nunca va a suceder. Entiendo que es culpa de David y ese temperamento de mil demonios que tiene.
A lo largo de la noche, Doña María y Azucena intentaron descansar, pero solo dieron vueltas en la cama. Doña María, en particular, tenía un presentimiento sombrío. Cuando vio llegar al Gitano con Esmeralda en brazos, su corazón volvió a latir con fuerza.
El doctor llegó apenas unos minutos después de que Gitano entrara. Sin perder tiempo, lo hicieron pasar a la habitación para atender la herida de Esmeralda. A pesar de su exterior estoico, el Gitano se sentía desgarrado por dentro. Aunque el raspón era menor, como ya sabía, el cuerpo de Esmeralda no había soportado el impacto de todo lo sucedido y había perdido el conocimiento.
Mientras el doctor limpiaba y desinfectaba la herida, Esmeralda despertó. Sin embargo, el médico, con la ayuda de Azucena, le administró cloroformo para sedarla nuevamente y le inyectó algo para asegurarse de que siguiera descansando. Luego, en la sala, el doctor atendió también la herida de Gitano.
—La muchacha necesita descansar por un par de días. La herida fue superficial, pero debe mantener el área limpia y cubierta. Tu herida, en cambio, fue más profunda. Necesitas permitir que tus trabajadores tomen el mando durante varios días y evitar cualquier esfuerzo que pueda lastimarte más —aconsejó el doctor.
El Gitano solo asintió con la cabeza, sin pronunciar una palabra. Una vez que el médico se fue, Doña María pagó y lo acompañó hasta la puerta antes de sentarse en la sala cerca de David.
—Me tenías con el Jesús en la boca —dijo ella, respirando hondo—. Por un momento pensé en irme en contra del sentido común y casi le digo a Carlos que saliera a buscarlos, aun con Luna Nueva.
—Yerba mala nunca muere —respondió David, su tono cargado de preocupación.
Doña María se levantó de su asiento y se acercó a David, besándolo suavemente en la cabeza.
—Ya serás un hombre, pero los padres nunca dejan de preocuparse por sus hijos.
David simplemente asintió, con la mirada distante y perdida. Doña María se dio cuenta de inmediato de que algo le pasaba.
—David, ¿estás bien?
David negó con la cabeza.
—Esmeralda pudo haberse muerto por mi culpa. No pude aguantar mi genio, y por eso una de esas basuras que la raptaron le disparó. Pude haber esperado un mejor momento, pero en cuanto la tocaron inapropiadamente, no supe controlarme.
—Sin embargo, tal vez si no hubieses actuado de esa manera, algo peor podría haber ocurrido.
—No soy bueno para ella. Ella es simplemente perfecta, y en verdad no puedo seguir obligándola a quedarse aquí — dice con una tristeza inmedible.
Doña María no sabía si era el cansancio, todo lo que había ocurrido, o qué, pero escuchar a Gitano sincerarse sobre la situación era algo inesperado.
—Voy a darle su libertad. Ella merece ser feliz. Es hora de que deje de engañarme.
Doña María se quedó asombrada. Ella ya había sugerido esto antes, no porque esperara que alguna vez lo hiciera, sino para hacerlo sentir mal. Que él estuviera diciéndolo ahora era sorprendente, además de que sabía el dolor que le estaba causando.
—Creo que es lo mejor. Ya te lo había dicho.
—Lo sé —respondió, con una tristeza abrumadora.
—Sé lo que esta decisión significa para ti. Entiendo el dolor que sientes. Con el tiempo, eventualmente comprenderás que es lo mejor. Ella no tiene la culpa de la vida que le tocó. Esta es una oportunidad para que encuentre la felicidad, y su vida comience a tener significado. Poco a poco, aprenderás a olvidarla.
—No estoy tan seguro de que la voy a olvidar. Ahora, si quiero que sea feliz, y aquí nunca lo va a ser. No conmigo…
Esas palabras hicieron mella en Doña María, más por el tono en que las dijo. Ella hubiera querido que las cosas fueran diferentes, que Esmeralda y Gitano encontraran una manera de arreglar sus diferencias. Pero estaba claro que eso era imposible. Pensar que Gitano se enamorara era ya un milagro en sí mismo. Al parecer, su destino sería no tener nietos. La idea de que Gitano nunca conseguiría la felicidad con ninguna mujer le dolía profundamente como madre.
Al día siguiente, Esmeralda se despertó tarde, tras varios intentos. Al abrir los ojos, vio a Azucena a su lado.
—Bienvenida a la vida —dijo Azucena con una sonrisa.
—A pesar del balazo, siento que dormí súper bien —respondió Esmeralda, confusa.
Al mirar a su alrededor, se dio cuenta de que estaba en el cuarto del Gitano.
—¿Qué hago en este cuarto?__ le dice Esmeralda un poco sorprendida.
Editado: 23.03.2026