Domando Fieras (desde otra Perspectiva)

Capítulo 5: Es Imposible Controlarlo Todo

Capítulo 5: Es Imposible Controlarlo Todo

Semanas después, la vida en la casa Gustamante había tomado un ritmo de normalidad. Azucena ahora era la dama de compañía de Esmeralda y Trixia había tomado por completo las labores de Esmeralda. El Gitano estaba casi terminando los trabajos de adaptación en lo que solía ser el burdel, y Doña María se había adaptado con éxito al cambio, trabajando junto a Trixia y Guadalupe en la posada y en la casa. Dalila se había convertido en la mano derecha de Doña María en la posada, y Guadalupe había mudado a la casa Gustamante, ocupando el antiguo espacio de Azucena, quien ahora tenía un cuarto privado. Todo parecía caer en su lugar.

Sin embargo, tanto el Gitano como Esmeralda estaban más ocupados que nunca después de su luna de miel, lo que significaba que no podían verse tanto como antes. El Gitano se entretenía con todas sus responsabilidades, pero para Esmeralda, la vida de ama de casa se estaba volviendo aburrida. Venía de una vida de payasa en un circo, con la libertad de hacer lo que quería cuando quería, y luego pasó a ser empleada del Gitano. Aunque había encontrado un cierto grado de estabilidad, extrañaba la emoción de correr por el pueblo, explorar las praderas, montar a caballo y disfrutar del río. Ahora, encerrada entre las cuatro paredes de la casa, se sentía claustrofóbica. Apenas tenía 20 años y sentía que le sobraba energía.

—Hoy quiero ir al río un rato —anunció Esmeralda de repente.

Azucena la miró con total asombro.

—¿Tú me estás bromeando?

—No. ¿Por qué?

—Si el Gitano se entera, va a haber guerra.

—No tiene por qué enterarse. El área que me gusta frecuentar es bastante solitaria. Solo quiero darme un chapuzón y volver.

—¡Tú como que extrañas pelear con el Gitano! —dijo Azucena, medio riendo, medio preocupada.

—Ya te dije que no se va a enterar. Bueno, a menos que me estés advirtiendo que se lo vas a decir —respondió Esmeralda, decidida.

—No le voy a decir nada, pero no me gusta llevarle la contraria. Como te dije, a ti te fascina pelear con él, pero a la mayoría de nosotros nos molesta.

—Si se entera, yo me echo la culpa entera —afirmó Esmeralda, desafiante.

Las dos se dirigieron al río, con Azucena protestando durante todo el camino. Al llegar, Esmeralda, sin la más mínima pena, se metió al agua desnuda y disfrutó del momento. Mientras se enjuagaba el pelo debajo de la cascada, vio el caballo negro del Gitano acercándose al río. Decidió ignorarlo y continuar disfrutando del chapuzón, aunque a Azucena casi le da un síncope.

—Azucena, vete a la casa. Llévate a Luna —le dijo, con determinación.

—¿Y Esmeralda? —preguntó Azucena, alarmada.

—Simplemente obedece.

—No te preocupes Azucena, yo me encargo —aseguró Esmeralda, sintiendo que la situación empezaba a hacerse un poco complicada.

Azucena, sin más opción, se montó en Luna y se fue. Cuando Esmeralda vio que Azucena se alejaba, sintió un revuelo de coraje en su interior.

—Hazme el favor y sal del río —ordenó el Gitano, sintiéndose frustrado al verla.

Esmeralda se acercó a la orilla y comenzó a secarse con la toalla que había llevado. Inmediatamente se vistió, intentando evitar un nuevo enfrentamiento.

—No entiendo cuál es el problema —dijo, todavía desafiante.

—¡¿Qué no entiendes?! Te estabas bañando desnuda. Cualquiera podría haberte visto.

—He venido aquí desde hace mucho tiempo, y este lugar es solitario. El único al que le encantaba verme bañándome desnuda antes era a ti. O crees que no sabía que me mirabas mientras me bañaba. Y pobre Trixia, porque cuando venía también la mirabas a ella.

El comentario de Esmeralda lo hirió, su rostro se transformó al instante.

—Móntate, que te voy a llevar a la casa —le dijo, claramente enojado.

El tono autoritario del Gitano le recordó a Esmeralda los viejos tiempos. También ella se sentía furiosa por la forma en que él le estaba hablando. Al llegar a la casa, Esmeralda se bajó bruscamente y entró, mientras el Gitano le entregaba el caballo a Luis y luego entraba casi rompiendo puertas.

—Explícame la reventada de puertas —dijo Esmeralda con molestia.

—Explícame qué hacías en el río sin mi permiso —replicó el Gitano, con un aire de reproche.

—¡Serás tú mi padre para tener que pedírtelo!

—Soy tu esposo, y sí, tienes que consultarme antes de hacer cosas así. No tengo ningún interés en que nadie te vea desnuda.

—Nadie me estaba mirando.

—Me importa un comino. No quiero que te bañes desnuda en el río, punto. Y Azucena, sé que estás escuchando desde la cocina, te advierto que no quiero que esto vuelva a suceder.

Azucena salió de la cocina con un gesto de incomodidad.

—A mí no me metan en el problema.

—Esto es un asunto nuestro. Azucena no tiene nada que ver —replicó Esmeralda, visiblemente molesta.

—Tiene que ver porque claramente sabía que eso no era adecuado y aun así lo permitió.

—Ya no quiero seguir discutiendo contigo —dijo Esmeralda, dirigiéndose a su cuarto y cerrando la puerta con un golpe.

—Esmeralda… —empezó el Gitano, pero ella ya estaba demasiado molesta.

—No quiero escucharte —contestó ella, con rabia.

El Gitano se quedó en la sala, procesando la situación. La tensión y los malentendidos se acumulaban, y sabían que tendrían que enfrentar todo esto en algún momento. Mientras tanto, Esmeralda se acurrucaba en su cama, sintiendo cómo la frustración se apoderaba de ella, reflexionando sobre lo que estaba en juego en su relación.

Cercano a la hora de la cena, el Gitano llegó y preguntó por Esmeralda inmediatamente. Todos sabían que no estaba, y Doña María sentía un leve enojo hacia Esmeralda, sabiendo que el Gitano estaría molesto. Cuando le dijeron que ella no estaba y él se percató de que su caballo tampoco estaba, se enfureció bastante. Tenía una idea de dónde podía estar, pero si la iba a buscar, la pelea sería astronómica. Tragó hondo, sintiéndose dividido entre el deseo de encontrarla y la necesidad de darle a ella un poco de espacio.




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