Domando Fieras (desde otra Perspectiva)

Capítulo 7: Cuando Nuestros Mundos Colapsan

Capítulo 7: Cuando nuestros mundos colapsan

—Tienes que irte de la hacienda —le dice Jeremías a su primo, preocupado.

—No tengo a dónde ir.

—No hay remedio. Si Méndez se entera de que te estamos ayudando, nos va a correr. Además, claramente te entregará a las autoridades. Te espera la horca. ¡Es lo que quieres!

—Sacaste el dinero de mi habitación.

—Sí, y además Jericó y yo te juntamos otra cantidad. La mejor idea es que vayas a caballo hasta Pueblo Nuevo y de ahí tomes el tren a la capital. Tal vez tus antiguos patrones te puedan emplear. Si no, vete lo más lejos que puedas mientras las aguas se calman.

—Al menos dime que el cabrón del Gitano está muerto.

—Aún sigue con vida, pero no se espera que dure mucho. Al parecer, está bastante mal.

—Lo que quiero es que se muera. Si tengo que ocultarme, cambiar mi vida, escapar, que sea por algo que lo amerite —dice Martín, con un coraje y una frialdad que dan miedo.

En la casa Gustamante, las cosas seguían mal. El Gitano había comenzado a sufrir de una fiebre altísima que no cedía. Dalila, conocedora de remedios naturales, preparó un brebaje con plantas para tratar de controlar la fiebre y también una pomada para las heridas, ya que la fiebre era señal de infección.

Entre Dalila y Azucena hicieron lo posible para que David pudiera tragarse algo de lo que habían preparado. Dalila misma cubrió las heridas del Gitano con la pomada. Solo restaba esperar, y esa espera estaba matando a Esmeralda.

—Dicen que llorar cuando das el pecho no ayuda a la producción de leche —le dice Azucena a Esmeralda al verla tan desencajada.

—No puedo evitarlo, Azucena. Cada minuto que pasa y David no recupera el conocimiento…

—Él es fuerte, tú lo sabes. Va a salir de esto —le dice Azucena, colocando su mano en el hombro de Esmeralda en señal de solidaridad.

David, el hijo, había asumido las labores de su padre mientras las aguas volvían a su cauce. Joaquín también se puso sus pantalones y ayudó a su hermano en todo lo que pudo. Hasta Mateo y Enrique, los más pequeños, estaban siendo modelos de comportamiento para no molestar a su mamá en nada.

Fueron días tristes y lentos. David no reaccionaba y el corazón de la hacienda Gustamante latía con lentitud.

Perla, fuerte y vivaracha, le recordaba cada día a Esmeralda que era hija de su padre. Lloraba hasta quedarse sin respiración cuando tenía hambre. Se levantaba múltiples veces en la noche, a diferencia de sus cuatro hermanos. Además, siempre estaba inquieta o buscando la atención de alguien. Esmeralda había deseado tener una niña, pensando que sería más fácil que con los varones. Nunca imaginó que Perla tendría el carácter de su padre.

Esa particularidad causaba en Esmeralda una mezcla de alegría y nostalgia. Ya habían pasado dos semanas desde el incidente y el Gitano seguía sin despertar. Esmeralda estaba desesperada y su dolor, aunque lo trataba de controlar por el bien de sus hijos, era sumamente evidente.

Finalmente, llegó el día. El día que muchos esperaban, pero para el cual, sin importar lo que sucediera, no estaban preparados. El día en que lograron capturar a Martín. Fue José Esteves, buen amigo del Gitano, quien lo reconoció en Pueblo Viejo y lo atrapó con mínimo esfuerzo. No dejó que las autoridades de Pueblo Viejo se encargaran. Con sus empleados a caballo, lo llevaron a Cebana y lo entregaron a la oficina del sheriff. No había satisfacción mayor para el sheriff y su alguacil que saber que le esperaba la horca, pero era imperativo que la familia Gustamante lo supiera.

Al llegar las noticias a la hacienda, quien deseaba enfrentarse a Martín era David, pero los empleados no lo dejaron ir, sabiendo que estaba demasiado afectado. Esmeralda, sin esperar que se le pasara el coraje, montó en Luna y llegó a la comisaría sin que le pusieran obstáculos para hablar con Martín.

Ella estaba furiosa, y antes de que ejecutaran su condena, quería decirle varias verdades.

—¿Vienes a burlarte?

—No exactamente —le responde, con odio en los ojos.

—¿Quieres que te diga que me arrepiento y que fue un momento de debilidad? —le dice con sarcasmo.

—Tampoco. Estoy más que clara en que no te arrepientes de nada. Me entristece que la vida te haya endurecido el corazón. Comprendo que el Gitano nunca haya sido santo de tu devoción, pero lo que hiciste fue injusto. Yo nunca te prometí nada y actuaste como si te hubiera prometido el mundo. Si me siento culpable por haberte dado algún tipo de esperanza, lo siento, pero por Dios, nunca ni un beso nos dimos. Jamás olvidaré el dolor que me hiciste pasar, el cual estás haciendo pasar a mis hijos. Pude haber perdido a Perla, la bebé que esperaba con ansias, todo por tu egoísmo. Por si nadie te lo ha dicho, el Gitano sigue con vida. Si hay un todopoderoso en el cielo, va a sobrevivir y tu berrinche fue para absolutamente nada.

—Sé que vive, pero no ha recuperado el conocimiento. Si de verdad hay un demonio en el infierno, no sabes con qué ansias deseo que se muera.

El alguacil, al escuchar estas palabras, no pudo evitar una mirada lúgubre hacia Martín.

Esmeralda no pudo seguir escuchándolo y se acercó a Alan para pedirle que aplazara la horca unos días. Quería darle un par de días más al Gitano para que reaccionara y para que Martín supiera que no se había muerto.

Esa noche, después de haber acostado a Perla, Esmeralda se sentó en la butaca donde había dormido todas esas noches, sosteniendo la mano del Gitano. Lloró en silencio, y de repente, la rabia la invadió; estaba furiosa con el mundo, con el mismo Gitano, con la vida. Lo necesitaba en su vida y se sentía sin fuerzas al verlo inerte en esa cama.

—Como te dije desde el primer día, no te vas a morir. No te doy permiso. No después de lo difícil que fue llegar a donde estamos. Hiciste que me enamorara de ti con una pasión que no puedo describir, solo para dejarme cuando mejor están las cosas. No, este no es el Gitano que yo conozco. El Gitano que yo conozco no se deja vencer por las adversidades, no aguanta pendejadas de nadie; es fuerte ante todo. Además, tienes que conocer a tu hija, que al parecer va a tener tu carácter. No puedo quedarme sola con todo esto. No soy tan fuerte como tú.




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