Domando Fieras (desde otra Perspectiva)

Capítulo 8: Cuando Las Paredes se nos Caen Encima

Capítulo 8: Cuando las paredes se nos caen encima

Dieciséis años después, la vida había traído abundancia y felicidad a la familia Gustamante. David hijo se había casado y ya tenía tres hermosos hijos, todos varones, llenando de alegría a sus abuelos. Joaquín también había encontrado el amor y vivía en la capital con su esposa y sus dos hijas. Mateo, recién casado, esperaba con ansias la llegada de su primer hijo junto a su esposa. Ambos padres, Esmeralda y el Gitano, no podían sentirse más contentos y agradecidos por las bendiciones que habían recibido.

Enrique, el más joven de los hermanos, estaba cortejando a una joven hacendada y ya se vislumbraba el matrimonio en el horizonte. Al ser el único que aún vivía en la casa familiar, ayudaba al Gitano con todas las labores de la hacienda, aprendiendo y participando activamente en los negocios familiares.

Perla, con sus 16 años, era la niña de los ojos de su padre y, como se había anticipado, era el vivo retrato del Gitano en cuanto a personalidad y temperamento se refiere. Aunque físicamente parecía un reflejo de su madre, su carácter era idéntico al de él, lo que había causado más de un dolor de cabeza a Esmeralda, Azucena y Trixia a medida que crecía. No ayudaba en nada en la hacienda y el Gitano dejara que Perla hiciera prácticamente lo que quisiera, justificándola en casi todo. Este favoritismo fue la causa de frecuentes discusiones entre Esmeralda y el Gitano en los últimos años, aunque siempre lograban encontrar la manera de resolver sus diferencias con amor y comprensión.

A sus 51 años, Esmeralda seguía siendo tan hermosa como siempre. Unas pocas canas adornaban su cabello negro, que continuaba siendo abundante y hermoso. Las arrugas en su rostro exhibían los años vividos y las experiencias compartidas, pero nada que desmereciera su belleza y vitalidad. Por su parte, el Gitano, con 53 años, lucía algunas canas en su cabellera, pero mantenía la misma fuerza y energía que lo habían caracterizado siempre, corriendo la hacienda y los negocios familiares con la misma determinación de siempre.

La familia Gustamante había crecido y florecido, enfrentando los desafíos de la vida con amor y solidaridad. Con cada nuevo día, Esmeralda y el Gitano se sentían bendecidos, agradecidos por todo lo que habían logrado juntos y por la maravillosa familia que habían construido a lo largo de los años.

—¡Me gustaría mucho saber dónde está tu hija a estas horas! —dijo Esmeralda con un tono claramente enfadado.

—Debe estar con sus amigos en el río, déjala ser joven —respondió el Gitano, intentando restarle importancia.

Esmeralda respiró profundamente, tratando de mantener la calma.

—¡Dónde estaría este Gitano cuando estábamos recién casados! Porque el que conocí en ese momento me quería tener encerrada como a los presos.

El Gitano se acercó por detrás y la abrazó, besando su cuello con cariño.

—Este pueblo es bien tranquilo.

—Eso mismo recuerdo que te decía, y recibía mil razones para quererme tener en la casa —replicó Esmeralda, recordando aquellos tiempos con una mezcla de nostalgia y exasperación.

—Perla sabe defenderse. Yo me he encargado de eso.

Esmeralda se soltó de su abrazo y lo miró con determinación y coraje en sus ojos, a punto de retomar la discusión cuando Perla entró con su ropa completamente mojada y cubierta de lodo.

Esmeralda la examinó de arriba abajo, la mirada llena de desaprobación. Perla, sabiendo lo que se avecinaba, respiró profundo y se preparó para escuchar a su madre.

—¡¿Me puedes explicar la hora y las fachas?!

—Estaba en el río con unas amistades. Nada más... —respondió Perla, manteniendo una actitud desafiante pero tranquila.

—Vete a cambiar antes de que te enfermes. Quedó algo de cena en la cocina por si quieres comer —concluyó Esmeralda con voz firme pero cargada de coraje.

__ Ay mamá, que anticuada. No hay nada malo con divertirme un poco.

__ Mira Perla. Vete a cambiarte antes que pierda la paciencia.

Perla, viendo que la discusión no iría a más por el momento, se retiró a su cuarto para cambiarse. Mientras, el Gitano y Esmeralda intercambiaron miradas, un diálogo silencioso en el que cada uno sabía que habría más conversaciones sobre este tema en el futuro. Ambos eran conscientes de que criar una hija con el mismo carácter indomable que el de su padre no sería tarea fácil, aunque les brindara un sinfín de momentos memorables a lo largo del camino.

Más tarde, en la habitación, Esmeralda abordó nuevamente el tema con el Gitano, su preocupación por Perla era evidente.

—No puedes seguir dejando que Perla haga lo que le dé la gana. Ya tiene 16 años, es momento de que empiece a sentar cabeza. Tal como la veo, nadie va a fijarse en Perla. Eso, como madre, me preocupa. Con los cuatro varones fuiste mano dura. Con Perla, Dios mío, es como si quisieras que nunca madurara. Ya es momento de que tenga responsabilidades, tareas. Ya es momento de que madure.

—Perla no es como sus hermanos. Además, Perla es mujer. No hace falta que ayude con nada de la hacienda.

—Puede ayudar en el colmado o en el restaurante. Puede ayudar en la casa. Tiene que aprender las tareas del hogar si en algún momento aspira a casarse —insistió Esmeralda, con firmeza.

—Conozco a mi hija como la palma de mi mano y sé que eso está muy lejos de su mente —respondió el Gitano, con calma.

Los varones Gustamante habían sido tormentas durante su crecimiento. Todos compartían el carácter fuerte que heredaron de su padre, dando varios dolores de cabeza mientras crecían. Sin embargo, con el tiempo, se convirtieron en hombres centrados. En cuanto a las labores de la hacienda, todos estuvieron involucrados desde pequeños. David, en especial, fue la mano derecha del Gitano por muchos años, y su ausencia se sintió cuando se casó con Jazmín y se mudaron a las afueras del pueblo para dedicarse a la tierra. Joaquín había seguido su sueño de ser escritor y periodista, y se estableció en la capital, donde también encontró el amor. Mateo siguió los pasos del Gitano en el manejo del ganado, y prosperaba en el negocio vacuno. Enrique, próximo a casarse, planeaba construir en el terreno de la hacienda para quedarse de capataz, permitiendo al Gitano disfrutar más tiempo con Esmeralda tras años de arduo trabajo.




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