Capítulo 9: Aunque me lo Merezca…
Al otro día.
El Gitano se encaminó a sus tareas más temprano de lo habitual. A las 10 de la mañana, ya estaba en el pueblo y se dirigió directamente a la oficina de Damián. Cuando Damián lo vio, sintió que se le caía el corazón al suelo, y hasta le sudaron las manos, pero disimuló y actuó con la mayor naturalidad posible.
—Buenos días. ¿A qué debo la visita? Por tu cara, no creo que vengas a una consulta.
—Tú debes saber muy bien a qué se debe mi visita.
—Me imagino que vienes a hablar de Perla.
—No exactamente —le respondió el Gitano con seriedad y molestia en el tono.
Con esa respuesta, Damián comprendió que el Gitano venía a hablar de Esmeralda y que no estaba en el mejor estado de ánimo.
—Me imagino entonces que es de Esmeralda.
—No tengo ganas de perder el tiempo ni de dar rodeos. Te lo advierto una sola vez: ¡Deja a mi mujer en paz!
—Yo no le he hecho nada a Esmeralda. Al contrario, ha sido muy agradable encontrarme con ella después de tantos años y poder recordar viejos tiempos. Ella fue la que vino a mi consultorio ayer.
—A hablar de Perla, y tú le faltaste al respeto cambiando la conversación a indagaciones sobre nuestro matrimonio, su felicidad, tus ideas sobre por qué se casó conmigo y tus pretensiones de que el destino los juntó por alguna razón. Con eso, claramente has demostrado que no tienes honor. Claro, tu papá era un patán y la manzana no cae lejos del árbol.
—Mira quién habla. Esmeralda llegó aquí por una compra, como si fuera un caballo o ganado. Y quieres venir a darme el discurso de que eres el bueno de la historia —replicó Damián con coraje.
—Ya veo que llegaste disfrazado de cordero, pero eres un lobo feroz debajo del pelaje. Solo te lo voy a advertir una vez. La segunda no será advertencia. Tengo mucho poder en este pueblo; eso debe quedarte bastante claro. Deja a mi mujer en paz y adviértele a tu hijo que se aleje de Perla. Si no, no respondo de mí.
—Si viniste a advertirme es porque tienes miedo. Miedo de que Esmeralda conozca lo que es la verdadera libertad, la verdadera felicidad. Ella llegó a ti obligada. ¿Cómo pudo nacer amor de esa situación? Eso es inconcebible. Si el destino me puso aquí para liberarla de algo, le haré caso. Sentí mucha culpa cuando mi papá se las vendió, y estoy seguro de que esta es mi manera de soltar y estar en paz con un poco de esa culpa. Amenázame todo lo que quieras. La decisión está en Esmeralda. Si ella me da la mínima esperanza, no dudaré en actuar. Puedo abrir mi práctica donde sea, y los hijos de ustedes ya están criados. Si hay un momento para actuar, es ahora —declaró sin vergüenza ni miedo.
Decir que el Gitano estaba molesto es poco. Por unos segundos, sintió deseos de perder la calma. Pensó en Esmeralda, en sus hijos, y respiró profundamente antes de actuar. Justo cuando iba a contestar, Darío entró al consultorio. Tanto el Gitano como Damián miraron a la puerta con expresiones de enfado. Darío se dio cuenta de inmediato que algo no estaba bien. No conocía al Gitano; en los días que había estado en Cebana, no había tenido la oportunidad de saber quién era, ya que no se habían cruzado en ningún lugar. Al verlo, supo de inmediato que era el Gitano por el brazalete de cuero que llevaba en el brazo y por sus ojos, que eran exactamente los de Perla.
El Gitano aprovechó la oportunidad para acercarse a la puerta con un semblante amenazador.
—Ya estás advertido. Deja a mi mujer en paz y no indagues sobre nosotros o nuestra familia. Estoy más que claro que te pasas preguntando a la gente del pueblo sobre nosotros. Nada pasa en Cebana sin que yo me entere. Ve con cuidado y desvía de tu mente todas esas pamplinas que acabas de expresar. Esta es la advertencia por las buenas, y debe quedarte claro cuál será la advertencia por las malas —dijo el Gitano con toda la determinación en su voz, y luego se volvió hacia Darío—. Y tú, no quiero que estés cerca de Perla.
El Gitano salió del consultorio como un rayo, sintiendo que si se quedaba un minuto más, no podría contenerse. Tanto Damián como Darío quedaron impactados, especialmente Darío. Damián, cegado por recuerdos y añoranzas, no pensaba ceder, y eso prometía acabar mal.
—Ese era el papá de Perla.
—Me di cuenta. ¿Puedo preguntar?
—Es un cabrón, como puedes ver. No ha cambiado nada desde que lo conocí la primera vez. Y Esmeralda intenta hacerme creer que realmente lo ama. Definitivamente, eso no es posible. No es posible que sienta algo más allá de agradecimiento o presión por este patán. Por el momento, te aconsejo que te mantengas al margen con Perla. El Gitano es vengativo, y no quiero que se meta contigo.
—Pero, papá…
—Es por el momento. Si el destino me puso aquí, hay una razón, y le voy a hacer caso.
—¡De verdad te vas a meter con la mamá de Perla! ¿Ella te ha dado algún indicio de que no quiere estar con el Gitano?
—No con palabras, pero es evidente.
A primeras horas de la tarde, Esmeralda fue a visitar a David en su hacienda, al otro lado de las afueras del pueblo. Iba montada en Pinta, la yegua que le había regalado el Gitano tras la muerte de Luna. Pinta era tan calmada como Luna y nunca le había dado problemas a Esmeralda.
Cuando Esmeralda estaba cerca de la hacienda, unos animales del arado se soltaron. Corrieron justo al camino por donde venía, causando que Pinta se asustara y Esmeralda no pudo controlarla. Cayó al suelo, golpeándose la cabeza con fuerza. David estaba trabajando afuera y presenció toda la escena con horror. De inmediato, junto a varios trabajadores, trasladaron a Esmeralda a la casa, mientras uno fue en búsqueda del doctor y otro del Gitano. Fueron momentos sumamente tensos.
El doctor fue el primero en llegar. Damián examinó a Esmeralda y le curó la herida abierta cerca de la sien. David, ansioso y preocupado por su mamá, aguardó nervioso. En medio del examen, llegó el Gitano. Al ver a Esmeralda, su expresión denotó de inmediato el miedo ante la posibilidad de que le hubiera pasado algo grave. Ni siquiera tuvo cabeza para molestarse por la presencia de Damián; su única preocupación era que Esmeralda estuviera bien.
Editado: 23.03.2026