Dónde aprendí a esperarme

Capítulo 3: Lo que más amo

—Mamá…
La voz suave de mi hija me sacó de golpe de mis pensamientos. Levanté la mirada y la encontré en la puerta, con el cabello despeinado y los ojos aún cargados de sueño.
—¿Sí, Emma? —respondí casi en automático, intentando que mi voz sonara tranquila.
Pero no lo estaba. Bajé la mirada al teléfono una vez más. El mensaje seguía ahí, inmóvil… pero pesando más que antes. Tragué en seco. Esta vez no iba a ignorarlo. Abrí el teclado y, sin pensar demasiado, escribí:
“¿Quién eres?”
Dudé apenas un segundo… y envié el mensaje. El corazón me latía con fuerza, como si acabara de hacer algo que no tenía vuelta atrás. Pero no esperé respuesta. Bloqueé el teléfono y lo dejé sobre la mesa, como si al apartarlo también pudiera alejar todo lo que acababa de empezar.
—Mamá… —insistió Emma, acercándose un poco más.
La miré. Y en ese instante, todo lo demás dejó de importar.
—¿Te pasa algo? —preguntó, con esa forma suya de mirar que siempre parecía ver más de lo que yo decía.
Negué suavemente.
—No, mi amor… todo está bien.
Mentí. Porque en ese momento supe que nada estaba bien. Y justo cuando intentaba convencerme de lo contrario… el teléfono volvió a vibrar.




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