Donde florecen las rosas:un hombre a Maria.

Capítulo 6

Mi abuela contaba en su diario que aquel embarazo lo pasó fatal. Decía que no recordaba otro igual, que se sentía débil y cansada todo el tiempo. En ese mismo período, por suerte, les asignaron una casa nueva en una zona llamada Barriada de la Coronación.

Era una vivienda humilde, de tres dormitorios, pero para ellos era casi un lujo después de tantos años de penurias. —La casa no era muy grande —escribió—, pero tenía luz y esperanza. La cocina era tan chica que apenas cabíamos dos personas, pero era nuestra.

Aún se notaban las consecuencias de la posguerra. La vida no era fácil, pero poco a poco las cosas empezaban a cambiar. Ya no existía la cartilla de racionamiento, y en las calles se empezaban a ver cosas nuevas, como los primeros carritos de helados. Aquello era todo un acontecimiento para los niños del barrio.

Mi abuela escribió que, debido a lo mal que lo estaba pasando durante el embarazo, tuvo que dejar de trabajar fuera de casa.

—María, no te preocupes, quédate en casa. Desde aquí también puedes trabajar haciendo cestas de mimbre —le decía mi abuelo, intentando animarla.

Pero mi abuela también contaba que no todo era bonito. Aunque mi abuelo era un hombre trabajador, también le gustaba beber. A veces se le iba la mano, y en esas ocasiones el carácter fuerte de ambos chocaba. Ella no lo negaba: Él tenía su genio, y yo el mío.

A veces, decía, se rumoreaba en el barrio que él la engañaba, aunque nunca tuvo pruebas. —El dolor de la duda puede doler más que la verdad —anotó con letra apretada, como si le pesara admitirlo.

A los nueve meses de embarazo, mi abuela dio a luz a una niña a la que llamó Dolores, porque —según escribió— dolores fueron los que me dio antes de nacer.

Después del parto, apenas tuvo tiempo de recuperarse. La vida seguía. Había una casa que mantener, muchos hijos que cuidar y sobrinos que seguían bajo su techo.

A pesar de todo, mi abuela volvió a trabajar en cuanto pudo. Cuidaba la casa, lavaba, cocinaba, remendaba la ropa y, en los ratos libres, seguía haciendo cestas de mimbre junto a mi abuelo para venderlas en el mercado. Algunas veces se quedaba hasta la madrugada trenzando las tiras de mimbre mientras todos dormían.

También empezó a coser para la calle. Algunas vecinas le llevaban ropa para arreglar o vestidos para estrechar, y ella, con su vieja máquina de coser, se ganaba unas pesetas que ayudaban mucho. —Nunca me faltó trabajo —escribió—, lo que me faltaba era tiempo.

Iba con frecuencia a la frutería del barrio. Allí, el dueño ya la conocía.

—María, hoy tengo unas manzanas y unos tomates que están algo tocados. Si los quieres, te los dejo más baratos —le decía.

—Claro que los quiero, Manolo, si para mí todo sirve —respondía ella con una sonrisa.

Con esas frutas y verduras que otros descartaban, preparaba guisos, sopas o mermeladas que duraban varios días. Nada se desperdiciaba.

Las navidades también eran tiempos difíciles. No había dinero para juguetes ni dulces, pero ella siempre encontraba una manera de hacer que sus hijos sintieran la ilusión. Con trozos de tela que le regalaban algunas vecinas o que encontraba entre la ropa vieja, cosía vestidos para las muñecas. —Ellas no sabían que las muñecas eran remiendos —escribió—, solo veían que mamá las hacía con amor.

En esas fechas, cuando apenas había para comer, mi abuela hacía lo posible por preparar algo especial: una sopa caliente, pan tostado con azúcar o un poco de fruta.

—No eran banquetes —decía—, pero en aquella mesa había unión, y eso era lo que contaba.

A pesar de los altibajos, mi abuelo siempre intentó sostener la familia. Trabajaba largas jornadas como salinero, y cuando podía ayudaba con las cestas. Los niños crecían, y la casa, aunque pequeña, estaba llena de vida. En las tardes de verano, los vecinos se sentaban en las puertas a conversar, mientras los más pequeños jugaban en la calle. En ese ambiente sencillo, mi abuela encontraba momentos de paz.

Con el paso de los años, la Andalucía de la posguerra empezaba a transformarse. Había más movimiento, más trabajo, y poco a poco el miedo que marcó a toda una generación comenzaba a quedar atrás. —Ya no era el hambre lo que dolía —escribió ella—, era el cansancio de tantos años luchando.

Pero, aun así, no se rendía. En los días buenos cantaba mientras limpiaba, y en los malos rezaba en silencio para tener fuerza.

Decía que la vida le había enseñado que las penas no desaparecen, pero se hacen más ligeras cuando se trabaja, se ama y se sigue adelante.

—Cada puntada que doy en una costura, cada cesta que termino, cada guiso que preparo… es una victoria contra el hambre y contra el olvido, escribió en una de las últimas páginas de ese año.

Aquel capítulo de su vida fue un tiempo de reconstrucción. Ya no había guerra, pero quedaban cicatrices. Sin embargo, también había esperanza. La nueva casa, los hijos creciendo, el sonido de la máquina de coser y las risas de los pequeños fueron curando poco a poco su alma.




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