Los años cincuenta trajeron algunos cambios. España intentaba levantarse poco a poco después de tanto sufrimiento. Había más movimiento en las calles, empezaban a abrirse nuevos negocios y las familias soñaban con un futuro mejor, aunque la pobreza seguía siendo parte del día a día.
Mi abuela, en su casa nueva de la Barriada de la Coronación, sentía que, a pesar de todo, por fin había un pequeño respiro. La casa, con sus tres dormitorios y su diminuta cocina, seguía siendo su orgullo.
—Aquí he llorado mucho —escribió—, pero también he empezado a vivir sin miedo.
En esa época conoció a su vecina Candelaria, una mujer de carácter alegre y bondadoso. Desde el primer día se hicieron inseparables. Se ayudaban mutuamente, compartían lo poco que tenían y se hacían compañía en los días más duros.
Candelaria era mi desahogo —escribió mi abuela—. Con ella reía cuando el cuerpo me pedía llorar.
A veces, mientras los niños jugaban en la calle, ambas mujeres se sentaban en la puerta, cosiendo o pelando patatas, hablando de sus familias, de los precios en el mercado o de los sueños que nunca se habían permitido tener. Cuando había pan recién hecho, se repartían un trozo; cuando una tenía fruta, la otra ponía café.
No teníamos nada, pero nos teníamos la una a la otra, y eso valía más que el dinero.
Mi abuelo seguía trabajando como salinero. Era un hombre fuerte, acostumbrado al sol, al esfuerzo y a las manos agrietadas por la sal. Pero el cansancio, las preocupaciones y la costumbre de beber se hicieron parte de su rutina. Había días buenos, en los que llegaba de trabajar con una sonrisa y jugaba con los niños; y otros días en los que el vino le cambiaba el humor y la casa se llenaba de silencio.
Mi abuela lo sabía. No lo excusaba, pero tampoco lo odiaba. —Cuando bebía, no era él —escribió—, era la guerra que todavía llevaba por dentro.
Aun así, tenía que lidiar con todo: los hijos, la casa, las cestas de mimbre y los arranques de su marido. Había noches en que Candelaria tocaba suavemente a su puerta.
—María, ¿todo bien? —preguntaba con voz baja.
—Sí, vecina. Ya se le pasará —respondía ella, intentando restarle importancia.
Luego se sentaban juntas un rato en la cocina, tomando un poco de café y hablando hasta que el silencio volvía a llenar la casa.
A pesar de todo, mi abuela no perdía su energía. Cantaba mientras limpiaba, cocinaba o lavaba la ropa en el patio. Sus hijos decían que su voz era lo que mantenía alegre aquella casa. Candelaria la escuchaba desde la puerta de su casa y sonreía.
—María, contigo da gusto vivir al lado. Hasta los pájaros se callan para oírte —le decía.
—Cantar me salva, Candelaria. Si dejo de cantar, me hundo —contestaba mi abuela con una sonrisa cansada.
El barrio era humilde, pero lleno de vida. Los niños corrían entre las casas, las mujeres se ayudaban y los hombres trabajaban desde el amanecer hasta que caía el sol. Las tardes olían a pan recién hecho y a ropa secándose al sol. A veces, cuando mi abuelo no bebía, se sentaba en la puerta con ella y hablaban del futuro.
—María, todo cambiará, ya verás —le decía.
—Ojalá, Antonio. Pero aunque no cambie, yo seguiré cantando —respondía ella.
A pesar de las dificultades, la vida seguía su curso. Mi abuela cuidaba a sus hijos, cosía para la calle y seguía haciendo cestas para vender. A veces, Candelaria la ayudaba a entregarlas y, con lo que ganaban, compraban algo de pan o aceite.
Los años cincuenta fueron años de lucha silenciosa, pero también de amistad, resistencia y esperanza. Mi abuela escribió en una de las páginas del diario:
—El vino se acaba, el dolor pasa, pero la vida sigue. Y mientras pueda cantar, seguiré viviendo.