El año 1953 llegó con una sensación distinta. Ya no se respiraba la miseria de la posguerra, aunque el trabajo seguía siendo duro y el dinero escaso. En la Barriada de la Coronación, las calles empezaban a llenarse de voces, risas de niños y olores a pan recién hecho. Poco a poco, la vida volvía a tener color.
Mi abuela seguía con su rutina, levantándose antes que el sol. Preparaba los desayunos de sus hijos más pequeños y organizaba la casa antes de ponerse a trabajar. Los mayores ya ayudaban: su hija mayor, con casi veinte años, seguía cosiendo para la calle; Antonio, con dieciséis, pasaba más tiempo en la salina junto a su padre. El resto de los niños iba a la escuela, aunque a veces la lluvia o el cansancio los dejaba en casa.
Las noches seguían siendo el único momento de descanso. Mi abuela encendía la radio y, mientras cosía o trenzaba mimbre, escuchaba las coplas de Lola Flores, Juanita Reina o Antonio Molina, que resonaban por toda la casa. Sus hijos la escuchaban tararear y algunos se unían, convirtiendo la cocina en un pequeño escenario.
—Cuando canto, no me siento sola —había escrito en el diario. —Parece que se me olvida el cansancio.
La amistad con Candelaria seguía siendo su refugio. Entre las dos compartían confidencias, recetas y alguna que otra lágrima. Se visitaban casi a diario; una ayudaba a la otra con la colada o con los niños, y cuando sobraba un trozo de pan o una fruta madura, lo compartían sin pensarlo.
—María, hoy tengo lentejas. Vente y repartimos para todos —decía Candelaria.
—Pues yo tengo pan del bueno y poleá Hacemos trato —respondía mi abuela, siempre con humor.
Aquel año, el barrio vivió un momento especial: por primera vez se celebró una pequeña fiesta en honor a la Virgen del Carmen, que estaba colocada en la entrada de la plazoleta. Las mujeres adornaron el altar con flores y velas, y los hombres ayudaron a colocar farolillos. Mi abuela y Candelaria cantaron juntas una salve, con una emoción que les llenó los ojos de lágrimas.
—No sabíamos si llorar de pena o de fe —escribió mi abuela. —Pero en ese canto sentí que seguía viva.
Mientras tanto, los carritos de helados seguían recorriendo las calles. Los niños corrían tras ellos con una alegría que contagiaba incluso a los mayores. Era la imagen de un tiempo nuevo, de una España que, lentamente, empezaba a respirar después de tantos años de silencio.
Mi abuelo seguía trabajando duro. Había días buenos y otros no tanto. A veces llegaba a casa cansado, con las manos agrietadas por la sal y el sol. En los días malos, el vino volvía a aparecer, y el ambiente se volvía tenso. Pero mi abuela lo conocía bien: sabía cuándo dejarlo solo y cuándo hablarle. —Antonio tenía sus demonios—.
—pero también su corazón.
En medio de todo, ella seguía cosiendo, limpiando, cocinando y cantando. Cada día parecía igual al anterior, pero en el fondo sentía que algo estaba cambiando. Había menos miedo, más risas, más esperanza.
—La vida sigue, y yo sigo con ella. No sé cómo, pero sigo —dejó anotado al final de esa página.
Nadie lo sabía aún, pero el año siguiente traería una nueva alegría al hogar: el nacimiento de otro hijo, que volvería a llenar la casa de risas y pañales. Por ahora, 1953 quedaba como un año tranquilo, un respiro entre tanto esfuerzo. Un año donde la esperanza empezó a florecer, como las buganvillas que mi abuela cuidaba en la ventana de su casa.